Las andanzas de la primera iglesia nos llegan, principalmente, por el libro de Hechos de los Apóstoles, libro perteneciente al canon del Nuevo Testamento y fechado en torno al año 100 d.C. En este libro nos encontramos con tres tendencias en el cristianismo primitivo: la de Galilea (donde se dirigió Pedro), la de Jerusalén (donde encontramos al apóstol Santiago a la cabeza) y la de los judíos de todo el Mediterráneo.
El grupo de Jerusalén, con Santiago a la cabeza, interpretaba la muerte y resurrección del maestro como el último paso antes de la restauración del Reino, algo que creían que ocurriría de forma inmediata. El grupo, además, seguía una vida enteramente judía ligada al templo (Hch 2: 46), se oponía a la entrada de paganos en la comunidad (Hch 11:3 y Gál 2:1-5) y esperaba, además de la venida inminente de Jesús, la consiguiente proclamación del Reino de Dios judío. Sus exigencias de circuncisión y leyes de pureza de alimentos (Gál 2) indican que no debieron verse como algo distinto al judaísmo tradicional.
El grupo de Galilea produjo dos corrientes. Uno continuó la costumbre itinerante del Nazareno mientras que el segundo formó una congregación cuya predicación estaba basada en la idea de buscar la sabiduría. Estos grupos serían los responsables de recopilaciones de palabras e historias de Jesús. Estas recopilaciones parecen ser la base de la famosa fuente Q.
En lo que respecta al tercer grupo formado por los judíos de todo el Mediterráneo su interés se debió al hecho de que el Nazareno acabara su vida en Jerusalén proclamándose el Mesías y matizando la religión ancestral. Estos judíos son conocidos como “helenísticos”, ya que hablaban griego, tenían sus propias sinagogas para leer y comentar las Escrituras. Además, seguían un judaísmo más ético que formal, un poco alejado del templo. Estos últimos reinterpretarán los acontecimientos que protagonizó Jesús dándoles un sentido alegórico llevando, como consecuencia, a un Jesús considerado salvador autoinmolado en favor de los pecados. De hecho, las palabras de Jesús contra un cumplimiento demasiado literal de la ley y en favor de una lectura más humana de la misma socavaron también el otro puntal del judaísmo palestino: la ley como portadora de la identidad religiosa judía. Los dos elementos que mediaban entre Dios y los mortales quedaban sustituidos por un nuevo intermediario: Jesús resucitado denominado Mesías, “Cristo” dicho en griego.
Pablo de Tarso
Pablo, tras su conversión (Hch 9, 1- 6), se convertirá en la figura de referencia del cristianismo ya que será su visión de la religión la que acabe predominando. En este artículo nos centraremos en las comunidades en las que predicó y que adquirieron importancia en esa reinterpretación que se hizo sobre Jesús: Damasco y Antioquía. La primera fue escenario de muchos episodios de la vida del apóstol y la segunda adquiere su importancia debido al enfrentamiento entre Pedro y Pablo:
“Pero cuando Cefas llegó a Antioquía, me enfrenté a él a la cara, pues él se había condenado. Pues antes de llegar unos enviados de Santiago comía junto con los gentiles; pero, cuando llegaron, se retraía y apartaba por miedo a los de la circuncisión. Y el resto de judíos fingió con él, a tal punto que incluso Bernabé fue arrastrado por la hipocresía de estos. Pero cuando vi que no andaban derechos hacia la verdad de la buena noticia dije a Cefas delante de todos: “Si tú que eres judío vives como un gentil y no como judío ¿cómo obligas a judaizar a las naciones?”. (Gál 2, 11-14)
Sin duda, las discrepancias entre helenistas y ortodoxos eran profundas y viejas. En el caso de Pablo, varios detalles de sus cartas permiten deducir que modificó su idea del judaísmo hacia posiciones más aperturistas respecto a los gentiles y la necesidad de la circuncisión. Finalmente, como sabemos, fue su postura la que “triunfó” reflejando el carácter propaulino del libro de Hechos de los Apóstoles.
Mapa que refleja los viajes misionales que realizó Pablo de Tarso.
Estos dos emperadores serán los que encabecen la lista de los primeros perseguidores del cristianismo, aunque las fuentes nos ofrecen problemas para saber si la imagen de los dos corresponde a la verdad o a una interpretación posterior de la historiografía cristiana.
Pintura que representa el incendio que sufrió Roma durante el reinado del emperador Nerón.
La persecución llevada a cabo por el emperador Nerón (64 d.C.) tiene como punto de partida el incendio que destruyó la mitad de los catorce distritos de la ciudad de Roma. Debido a los rumores que se extendieron de que el causante era el mismo emperador se buscó un chivo expiatorio: la comunidad cristiana. Ello fue posible debido a dos factores: el sentimiento de animadversión hacia ella y la consolidación de la comunidad cristiana en Roma.
Tácito será el único autor pagano que relacione el incendio de Roma y el anticristianismo de Nerón. Suetonio, en la biografía del emperador, se dedica a informarnos que el emperador persiguió a los cristianos por profesar una superstitio nova et maléfica.
Es muy probable que la comunidad judía de Roma empleara sus posibles conexiones en la corte imperial para que se culpara a la comunidad cristiana y así poder evitar algún tipo de reacción popular antijudía a pesar que los judíos estaban en una posición más privilegiada que los cristianos, al ser considerada su religión como religio licita.
Dado que los castigos reservados a los cristianos son conocidos estaríamos ante la primera matanza de cristianos “en masa”.
En el caso del emperador Diocleciano, su persecución (año 95 d.C.) ha sido objeto de un fuerte debate historiográfico tal y como nos cuenta el investigador Jorge Cuesta Fernández ya que no encontramos una coincidencia entre autores paganos y cristianos en atribuir anticristianismo a este emperador tal y como sucede con Nerón.
Busto del emperador Decio
Una persecución que sí que marcó a la Iglesia primitiva es la promovida por el emperador Decio con su edicto del año 249 d.C., el cual daría ocasión a la que se conoce como la primera persecución de carácter sistemático y universal.
Hasta este momento podemos decir que Roma no se había preocupado ni de establecer ni de codificar una política religiosa sistematizada ni unas leyes que establecieran el comportamiento de todo el aparato imperial con respecto a los cristianos. Trajano estableció que no había que buscar a los cristianos, pero que, en el caso de ser apresados y conducidos ante la autoridad judicial, deberían ser sometidos a tortura o entregados a la muerte.
Entre los documentos con que contamos para reconstruir las dos etapas de la persecución de Decio destacan:
Los libelos o certificados de haber sacrificado a los dioses
Los escritos de Cipriano de Cartago y Eusebio de Cesarea, quien recoge el relato de Dionisio de Alejandría; y otras referencias de menor significado e importancia.
Teniendo como referencia el relato de Cipriano, que abandonó Cartago cuando la persecución de Decio se hizo pública, podemos establecer ciertas fases en el transcurso de la persecución y sus características generales:
Intensidad cambiante
Sus actuaciones legales a lo largo de las distintas fases
Sus víctimas
La increíble destrucción de la Iglesia
El amplio número de apóstatas (lapsi)
El cisma producido en el interior de la Iglesia
Al igual que Dionisio de Alejandría, Cipriano nos ofrece, en varias de sus cartas y otras obras, una descripción y una clasificación de quienes habían aceptado los libelos. Sin duda, la categórica y exacta administración de la penitencia para su readmisión en el marco de la Iglesia requería una clasificación completa de tales apóstatas.
De la misma manera entre quienes habían sacrificado realmente a las divinidades oficiales romanas se hicieron algunas distinciones:
Quienes se habían lanzado enseguida a cumplir la orden de sacrificar a los dioses.
Quienes habrían sacrificado después de una larga lucha interna y bajo coacción.
Las cartas 13 y 14 constituyen una síntesis de las consecuencias de la primera fase de la persecución:
“Aunque tenga razones apremiantes para ir en persona junto a vosotros, en primer lugar por el deseo e impaciencia de veros de nuevo…, además porque debemos estudiar en común lo que demanda el gobierno de la Iglesia y, tras haberlo examinado todos juntos, tomar una decisión, sin embargo me ha parecido preferible permanecer aún oculto provisionalmente…”
En la segunda etapa de las actividades de Decio la tortura fue el recurso más utilizado para quebrantar a las víctimas, quienes habían rechazado con anterioridad cumplir con el edicto imperial con miras a la obtención de la corona de martirio.
Por lo que respecta a los lapsi (apóstatas) existían mecanismos para redimirse de la falta cometida. Cipriano se manifiesta claro y tajante: los cristianos que hubieran sucumbido en un principio, impacientes por ser acogidos de nuevo en el rebaño de los creyentes, contarían en realidad con el remedio en sus propias manos. Así pues, los lapsi podían redimirse de su culpa mediante la obtención por ellos mismos de una corona de martirio.
Ejemplos de tales confesores redimidos nos vienen dados por el obispo Caldonio, quien se refiere a los cristianos que, “tras haber sacrificado a los dioses y haberse visto inmersos en un segundo juicio, serían desterrados”, y nos informa de los casos particulares de un tal Félix, de su esposa Victoria y de Lucio, quienes habían ofrecido sacrificios con anterioridad, pero que después se habían convertido en honorables desterrados a causa de su fe.
Busto del emperador Valeriano
Tras la persecución del emperador Decio la Iglesia se reconstruyó con fuerza dado que los cristianos, según los testimonios que contamos, afrontaban con más preparación y seguridad la persecución y sus consecuencias.
Las medidas que aparecerían recogidas en el primer edicto de Valeriano, promulgadas en una fecha avanzada del verano del año 257, pueden ser distinguidas con bastante claridad en el relato de Dionisio de Alejandría correspondiente a su defensa contra Germano. De dichas fuentes podemos deducir que el emperador ordenaría a la jerarquía eclesiástica que rindieran culto a los dioses romanos y que celebraran asambleas, algo que los cristianos en su conjunto no acataron. La presencia de laicos cristianos entre los clérigos condenados a los trabajos de las minas, aunque en raras ocasiones, pudo producirse de una forma totalmente normal. Habrían confesado públicamente su cristianismo ante el tribunal y el gobernador correspondiente, quien únicamente se mostraba dispuesto a enviar a algunos a las minas y a entregar a otros a la muerte.
En el año 258 ve la luz un segundo documento con la finalidad de no dejar salida a los numerosos puntos de escape presentados por el primero. El contenido de los dos escritos se halla referido en la carta 80 de Cipriano. Las medidas anticristianas recogidas por él serían las siguientes:
Que los obispos, sacerdotes y diáconos deberían ser entregados a la muerte con toda rapidez.
Que los senadores, personajes de elevada posición y caballeros romanos se verían privados de sus rangos sociales y bienes patrimoniales, y en el caso de que perseverasen como cristianos deberían sufrir un castigo capital.
Que las matronas romanas perderían todos sus bienes y serían enviadas al destierro
Que aquellos empleados de la administración imperial que hubiesen confesado con anterioridad su cristianismo o lo hicieran en estos momentos verían confiscados sus bienes y entregados, en hipoteca, al patrimonio imperial.
El segundo decreto de Valeriano toma una serie de medidas, hasta entonces desconocidas, contra los senadores y altos personajes cristianos, así como contra los adeptos del cristianismo pertenecientes al orden ecuestre y las matronas y oficiales de la administración imperial, partidarios igualmente de dicha doctrina.
Según el obispo de Alejandría, la causa del desencadenamiento de tal persecución estribaría en el hecho de que Macriano (general al servicio de Valeriano), movido por su odio con respecto a los cristianos, habría persuadido a Valeriano para que los persiguiera y diera muerte. La afirmación de Dionisio acerca de la implicación de Macriano en las prácticas ocultas egipcias puede resultar extraña pero no puede ser considerada como algo descabellado.
La situación casi desesperada por la que estaba atravesando el Imperio en distintos aspectos de su organización pudo contribuir sin duda al desarrollo de una situación apropiada para que Macriano y otros consejeros imperiales incidieran sobre Valeriano:
La inacabable lista de calamidades e infortunios imperiales
La amenaza de destrucción que parecía cernirse sobre el Imperio en especial en las fronteras orientales
Situación extremadamente caótica de la economía romana.
Por ello, en este segundo edicto, podemos ver más confiscaciones de bienes que ejecuciones ya que las comunidades cristianas en general (y la Iglesia en su conjunto) eran relativamente prósperas y que en su seno se incluía un grupo de individuos bastante ricos. Senadores, personajes de posición elevada y ciudadanos romanos pertenecientes al orden ecuestre, a quienes parece habérseles negado la posibilidad de renunciar al cristianismo, perderían su rango social y patrimonio, siendo castigadas con su propia vida.
Las matronas romanas se verían obligadas a soportar medidas parecidas: aunque sus vidas no llegarían a estar realmente en peligro, no se les daría la oportunidad de elegir entre el cristianismo o la pérdida de sus bienes acompañada del destierro.
GÓMEZ SEGURA, Eugenio (2018) “Repensando a Jesús. Las primeras comunidades cristianas”, Desperta Ferro Arqueología & Historia, nº 18, págs. 52-56.
CUESTA FERNÁNDEZ, J. (2012) “El cristianismo primitivo ante la civilización romana. Sobre la imagen como “persecutores christianorum” de Nerón y Domiciano a través de las primitivas fuentes cristianas.”, Antesteria, nº1, págs. 127-141.
SANTOS YANGUAS, N. (1995) “Valeriano y la persecución de los cristianos”, Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Hª Antigua, t. 8, págs. 197-217.
SANTOS YANGUAS, N. (1994) “Decio y la persecución anticristiana”, Memorias de Historia Antigua XV – XVI, págs. 143-181.
Los reinados de Vespasiano y de Tito (69–81) abrieron un paréntesis a las persecuciones. Luego, bajo Domiciano (81–96), arreciaron nuevamente las persecuciones, a pesar de que la saña contra los cristianos pareciera alimentada más por su carácter celoso y cruel, que por el deseo de acabar con la nueva religión. Perecieron varios cristianos, entre los cuales se encontraba el sobrino del emperador, llamado Flavio Clemente. Su esposa, Domicila, parienta de Domiciano, fue desterrada, suerte que cupo a otras muchas mujeres. Se cree que fue por aquel tiempo que el apóstol Juan estuvo desterrado en Patmos1.
Temiendo el tirano que los judíos se sublevaran si algún descendien te de sus reyes los empujaba a ello, ordenó que se buscaran a los descendientes de David2. Por sus espías supo que vivían dos nietos de Judas, el hermano del Señor, e hizo que le fueran presentados. Preguntóles, entonces, si en efecto eran descendientes de David. A su respuesta afirmativa, quiso saber acerca de sus medios de vida; respondiéronle que no tenían dinero, que juntos poseían un campo que cultivaban, produciéndoles lo necesario para vivir y pagar los tributos y, al mismo tiempo, le enseñaron sus manos encallecidas por el trabajo. Domiciano, preguntóles finalmente en qué consistía el reinado de Cristo y cuándo se realizaría. Éstos le contestaron que el reinado de Cristo no era temporal, ni terrestre, sino angélico y celestial, el cual se establecería al final de los tiempos, cuando apareciera Cristo mismo, rodeado de gloria para juzgar a vivos y muertos, dando a cada uno según sus obras. Domiciano, al oír tales afirmaciones, los despidió con menosprecio, pero hizo que cesara la persecución de la que eran víctimas3.
Su sucesor, Nerva (96), se mostró justo y clemente con todos sus súbditos y también con los judíos. A los que habían sido desterrados, les permitió regresar a sus lares, devolviéndoles sus bienes. Prohibió que se tomarán en consideración las acusaciones de los esclavos y libertos contra sus dueños y hasta amenazó de muerte a aquellos que acusaran a sus amos convertidos al cristianismo.
Sin embargo, como el cristianismo no era una religión reconocida por el Estado (lícita), este descanso consolador fue de poca duración4. «¿Cómo fue que el estado romano se creyera obligado a adoptar ante los cristianos una actitud tan hostil?», se preguntan los historiadores. Conocemos a la perfección la elaboradísima construcción jurídica que es el derecho romano civil y administrativo. Sabemos que el Imperio romano observó desde siempre la más tolerante actitud frente a todas las clases de cultos y convicciones religiosas. Dentro de sus límites, se podía venerar a Júpiter o a la Isis egipcia. A nadie se molestaba, excepto a los cristianos. ¿Cómo se explica esto?
No se trataba de delito de lesa majestad, o lo que hoy llamamos alta traición, rebelión o sedición contra la autoridad constituida. «En todos los procesos de cristianos que conocemos, y conocemos bastantes, jamás se habla de delitos de lesa majestad»5.
En cuanto al culto al emperador, claro está que una negativa a prestarlo podía ser considerada como un delito de lesa majestad. Pero también es cierto que «quien no estuviera obligado en virtud de su cargo a realizar un acto de culto, podía durante toda su vida abstenerse de tomar parte en ninguno, sin conculcar con ello ley alguna. El individuo particular se encontraba frente al culto oficial romano en un situación parecida a la del moderno ciudadano con respecto a muchas ceremonias civiles; por ejemplo, los honores rendidos al soldado desconocido o el saludo a la bandera. Quien no quiera comprometerse en semejantes ceremonias no tiene más que quedarse en casa o torcer por otra calle»6.
¿Cómo se explica que durante siglos se fueron dictando nuevas leyes contra los cristianos, y leyes además totalmente distintas entre sí por su estructura jurídica?
«Esta incredulidad obedece a que los historiadores tienen una opinión exageradamente elevada del Imperio romano como estado de derecho; lo explica sus vanos y reiterados empeños por encontrar una base jurídica a las persecuciones. Lo que sí estaba altamente perfeccionado era el derecho civil, por cuya escuela han pasado todos los pueblos civilizados. En cambio, el derecho penal era muy deficiente, y más imperfectas eran aún las leyes de enjuiciamiento criminal. Por consiguiente, no hay razón para extrañarse demasiado de que en este estado de derecho, tan bien ordenado en apariencia, ocurrieran en materia penal arbitrariedades e incluso actos de crueldad inhumana»7.
«Como único motivo que explica tanto el principio como el desarrollo de las persecuciones, queda sólo el odio», afirma rotundamente Hertling, lo que nos recuerda la frase de Tertuliano, explicando a su manera el proceder indigno e injusto de los magistrados romanos contra los cristianos:
«En cuanto la Verdad entró en el mundo, con su sola presencia levantó el odio y la hostilidad»8.
No hay razón alguna para resistirse tanto a admitir este motivo. El amor y el odio desempeñan en la historia de la humanidad un papel muy importante, más importante a veces que los motivos racionales. Los que en todos los tiempos han perseguido a los cristianos han aducido para justificar su conducta todos los pretextos posibles y más o menos verosímiles, pero en el fondo lo que realmente los movía era el odio al mero nombre cristiano, como Tertuliano señala una y otra vez9:
«El historiador no ha de cerrar los ojos a estas oscuras facetas del alma humana, empeñandose en buscar siempre una explicación racional»10. «Los cristianos fueron reprimidos por la autoridad imperial por el simple hecho de declararse secuaces de un cabecilla subversivo juzgado, condenado y ajusticiado. Es decir, en la terminología de la época, por el simple nombre de cristianos»11.
Ningún lector moderno puede leer las actas de los mártires sin percibir el horror que suponía ser juzgado por cristiano, sin posibilidad de defensa, entregado al verdugo sin causa. Tanta ceguera y tanta crueldad, aun admitiendo las razones del Estado perseguidor, desacreditan al Imperio romano y nos llevan a cuestionar una y otra vez la racionalidad del ser humano.
Ciertamente, no todos los cristianos fueron víctimas de la persecución; pero todos vivieron en la inseguridad. Cada generación, un día u otro, se enfrentaba a la posibilidad del martirio. Miles de cristianos murieron en medio de atroces torturas. Las evaluaciones de los historiadores varían mucho, unos fijan el total de los mártires en tres mil quinientos o cuatro mil; otros hablan de decenas de miles. La verdad se encuentra sin duda entre los dos extremos, sin que sea posible avanzar una cifra precisa por falta de una documentación completa12.
Excepto en momento de frustración desesperada, el martirio no fue deseado ni buscado por los cristianos. Escribieron sendas apologías solicitando un trato justo de parte de sus gobernantes, alegando su inocencia y sus buenos propósitos con el Estado y la sociedad en general. Las reiteradas e injustificadas persecuciones llegaron incluso a crearles problemas de fe. «¿Es posible que tantos mártires han muerto para nada?», se preguntaba Tertuliano13. Las persecuciones limitaron el crecimiento y expansión de la Iglesia, así como la expresión normal de su fe y práctica. La continua desaparición de sus personajes más eminentes significaba pérdidas constantes e irreparables.
La ventaja, a largo plazo, para la Iglesia fue aprender a confiar en sus propias fuerzas, aparte y frente al poder del Estado y, en lo sucesivo, cuando los emperadores se hicieron cristianos, «la Iglesia hubiera sido oprimida por el cesaropapismo, de no haber aprendido en las persecuciones la manera de conservar su independencia y las ventajas de bastarse a sí misma»14.
Ya en este tiempo habían fallecido todos los apóstoles, excepto Juan, que se cree murió en el año 99 en Éfeso, durante el reinado de Trajano. La antigüedad nos ha legado dos anécdotas concernientes al término de su vida, cuya autenticidad no está probada. Clemente de Alejandría, que escribió un siglo después de muerto el apóstol, nos cuenta la primera como sigue:
«A su vuelta de Patmos a Efeso, Juan visitó las iglesias, por si se había introducido en ellas algún abuso y para nombrar pastores donde no los hubiera. Hallándose en una ciudad cercana a Efeso –¿sería Esmirna?–, y hablando entre sus oyentes, reparó en un joven de aspecto interesante. Así, lo presentó al obispo, diciéndole:
Delante de Jesucristo y de esta asamblea, os encargó a este joven. Prometióle el obispo cuidar de él con la mayor solicitud. Antes de marcharse, se lo recomendó de nuevo. El obispo alojó al joven recomendado en su propia casa, instruyóle en la práctica de las virtudes cristianas, después de lo cual le bautizó… Confiando en que no era necesario ya ejercer tanta vigilancia, dejóle poco a poco dueño de sus acciones. Apercibiéndose de ello unos jóvenes viciosos, insensiblemente se apoderaron de él, haciéndole entrar en su sociedad.
Aquel joven olvidó bien pronto las enseñanzas del cristianismo y, añadiendo crímenes a crímenes, logró ahogar los remordimientos, llegando a ser capitán de una cuadrilla de bandidos, siendo el más cruel de todos ellos. Algún tiempo después, Juan tuvo la oportunidad de ir a aquella ciudad y, cuando hubo terminado los negocios que allí le habían llevado, dijo al obispo:
Devolvedme el depósito que Jesucristo y yo os hicimos en presencia de vuestra Iglesia.
Sorprendido el obispo, creyó que se trataba de dinero. Explicóle que lo que pedía era el alma de su hermano. Respondióle el obispo llorando que había muerto.
– ¿De qué muerte? – le preguntó.
– Ha muerto para Dios: se ha hecho ladrón y en vez de ser de la Iglesia con nosotros, vive en el monte con hombres tan malos como él. Al oír el apóstol aquel discurso, desgarró sus vestidos y, dando fuerte suspiro, exclamó:
– ¡Oh, qué mal vigilante escogí yo para que velara por el alma de mi hermano!
Y pidiendo un guía y un caballo, se fue a la montaña en busca del criminal. Detenido por la vanguardia de los ladrones, no sólo no huyó, sino que pidió que le llevaran delante del jefe. Éste, viendo que se acercaba, tomó sus armas, pero reconociendo al apóstol, sobrecogido de confusión y temor, huyó precipitadamente. El apóstol, olvidando su edad, corrió tras él, gritándole:
Hijo mío, ¿por qué huyes de tu padre? Nada temas de mí; soy anciano y sin armas. ¡Hijo mío, ten piedad de mí! Aún puedes arrepentirte, no desesperes por tu salvación: yo responderé a Jesucristo por ti. Estoy dispuesto a dar mi vida por ti, como Jesucristo la dio por todos los hombres… Detente, créeme, Jesucristo me envía.
Al oír tales palabras, arrojó las armas y, tembloroso, se detuvo, llorando, besó al apóstol como a un padre y le pidió perdón, ocultando su mano derecha con la que había cometido tantos crímenes. El apóstol cayó de rodillas, le cogió la mano que escondía, y se la besó, asegurándole que Dios le perdonaba sus pecados… Luego, lo devolvió a la Iglesia y no le abandonó hasta que lo hubo reconciliado con ella»15.
La otra anécdota tiene menos fundamento por haber sido Jerónimo el primero que la contó, en el siglo IV. Cuando, a causa de su edad, al apóstol le era imposible ir a las asambleas, resolvió hacerse llevar a ellas por sus discípulos. Una vez allí, recordaba continuamente el mandamiento que había recibido del Señor, en el que resumía su obra y que constituía el carácter del cristiano: «Hijitos míos, amaos los unos a los otros». Cuando le preguntaban por qué lo repetía tan a menudo, contestaba: «Sería lo bastante si llegáramos a practicar este mandamiento»16. De la lectura del Nuevo Testamento resulta que ya en la primera generación de los cristianos se habían introducido falsos hermanos en la Iglesia, los cuales procuraban destruir la libertad de los fieles, imponiéndoles el yugo judaico; otros eran conocidos por su licencia y espíritu de mentira17.
Más tarde, pero aún en el primer siglo, se manifestó esta falsa ciencia, obrando como levadura ponzoñosa en las iglesias del Asia proconsular, sobre las cuales se pronunció una enérgica sentencia: que si no se arrepentían, «les sería quitado el candelero y su claridad se transformaría en tinieblas»18.
A pesar de estas sombras, la Iglesia de últimos de siglo estaba en la prosperidad, abundando en la caridad y haciendo victoriosa guerra al pecado...
«La bella perspectiva del Pentecostés –dijo Cooper–, la reunión de todos los rescatados alrededor del Hijo del Hombre y el avivamiento de la fraternidad por Él se habían realizado. A pesar de la distancia material que separaba las tres o cuatrocientas iglesias apostólicas y de la diferencia de posición, de cultura, de color, de clima, de idioma, de educación religiosa, las iglesias y los fieles estaban verdaderamente unidos, cual nunca lo estuvieron después»19.
Pocos escritos auténticos nos ha legado la edad apostólica. Milner lo explica con mucha exactitud:
«Creer, padecer, amar y no escribir, esto era la divisa de los cristianos de aquellos tiempos»20.
Y Mosheim añade:
«Observamos generalmente que los padres apostólicos y otros escritores que en la infancia de la Iglesia habían escrito a favor del cristianismo no se distinguían ni por su saber, ni por su elocuencia, sino que se manifestaban sus sentimientos de piedad de un modo simple y hasta grosero. En el fondo, estas circunstancias son motivo de gloria, más que de afrenta; puesto que la natural impericia de los primitivos predicadores del Evangelio demuestra que no hay que atribuir el éxito de su trabajo a la habilidad humana, sino exclusivamente al poder de Dios»21.
Al comenzar el estudio de la historia de la Iglesia, nada llama tanto la atención como los libros que forman el Nuevo Testamento: son superiores en unción y en autoridad a los libros que inmediatamente les siguieron. Este contraste debe, hasta cierto punto, mover nuestra gratitud, porque confirma la fe en la Providencia invisible, que ha permitido que el Libro inspirado haya sido conservado con tan poca apariencia a la vez que con tanta autoridad.
Dos libros que se supone fueron escritos a finales del primer siglo, o a principios del segundo, merecen particularmente nuestra atención: son la Epístola a los corintios, de Clemente de Roma, y la Carta a Diognetes, de autor anónimo22.
La carta que los fieles de Roma, por mediación de Clemente, enviaron a los cristianos de Corinto fue motivada por disensiones de partido, manifestadas en esta iglesia y que produjeron la destitución de algunos de sus presbíteros. En esta carta, escrita probablemente cuarenta años después de la del apóstol Pablo, el obispo de Roma empieza recordando a sus lectores la fe, las luces y la humildad que les habían distinguido antes y, en términos enérgicos, condena el cambio que sobrevino. Les recuerda las epístolas del apóstol Pablo, en las cuales les recriminaba la facilidad con la que se dejaban arrastrar por el espíritu de partido, declarándose que su actual situación es peor que la de antes, y añade:
«Es muy vergonzoso, queridos hermanos, que pueda decirse de una iglesia tan firme y tan antigua como la de Corinto que, a causa de una o dos personas, se haya dejado arrastrar y sostener una lucha contra sus ancianos».
Esta epístola, que los cristianos primitivos tenían en grande estima, contiene muchas exhortaciones verdaderamente evangélicas. En ella se lee lo siguiente: «Miremos constantemente la sangre de Jesucristo y consideremos cuán preciosa es delante de Dios. Fue derramada para nuestra salvación y, por ella, la gracia del arrepentimiento es ofrecida al mundo entero (…) No somos justificados ni por nosotros mismos, ni por nuestra propia justicia, ni por nuestra inteligencia ni piedad, ni siquiera por las obras que hemos hecho en santidad de corazón, sino por la fe, por la cual el Todopoderoso ha justificado a los hombres desde el principio. Por esta causa, ¿nos volveremos perezosos en hacer el bien y dejaremos de practicar la caridad? Al contrario: apresuremonos con toda energía y diligencia posibles a hacer todo lo que esté bien (…) Que cada uno, según el don que haya recibido, se sujete a su prójimo. Que el fuerte no desprecie al que es débil y que el débil respete al fuerte. Que el rico provea las necesidades del pobre y que el pobre alabe a Dios por haberle rodeado de aquellos que pueden ayudarle; que el inteligente lo sea, no solamente en palabras, sino en obras y que el humilde no se glorifique por ello, sino que deje a otros el cuidado de juzgarlo»23.
Si la Epístola de Clemente iba dirigida a una sola Iglesia, la Carta a Diognetes estaba escrita para los paganos. Se propone el autor demostrar la superioridad del cristianismo sobre el paganismo. Es, pues, en su clase, el documento más antiguo que se conoce24. He aquí cómo empieza:
«Muy excelente Diognetes:
Habiéndome hecho cargo de tus deseos de conocer la religión de los cristianos, el Dios en quien confían y el culto que le tributan, su indiferencia por el mundo y la muerte, el desvío que manifiestan tanto para con los falsos dioses de los griegos, como para con las supersticiones de los judíos, viéndome perplejo para explicarte en qué consiste la caridad y el amor de que se sienten animados unos con otros y porque es en nuestro tiempo, y no anteriormente, que ha aparecido esta nueva gente y esta nueva doctrina, aquí me tienes, dispuesto a aclarar tus dudas.
Quiera Dios concedernos la facultad de hablar y de oír; que yo pueda hablarte de tal manera que tú recojas el mayor fruto posible y que, además, puedas comprender que el que te habla no quisiera tener que arrepentirse de haberlo hecho».
Después de haber demostrado elocuentemente la vanidad de los ídolos paganos y de las prácticas supersticiosas de los judíos, añade: «Los cristianos viven entre los demás hombres, hablan las mismas lenguas, viven como los demás, puesto que no tienen ciudades, ni lengua, ni modo de vivir exclusivos. Por nacimiento, o por otras circunstancias, habitan en las ciudades griegas o en las ciudades bárbaras y se conforman con las costumbres en lo concerniente a la comida, al vestido y a la vida exterior en general. Sin embargo, su conducta es motivo de universal sorpresa: habitan su patria como si fueran extranjeros; como ciudadanos, toman parte de todas las cargas del Estado y, no obstante, se les trata como a enemigos; su patria se halla en todas partes y en ninguna (…) Viven en la carne, pero no según la carne; habitan en la tierra, pero su patria es el cielo. Obedecen las leyes, portándose mejor de lo que en ellas se les ordena. Aman a todos los hombres, y de todos son perseguidos. No se les conoce y, sin embargo, se les condena; se les mata, pero son vivificados; son pobres que enriquecen a muchos (…) Se les calumnia, pero son justificados; se les maldice, y ellos bendicen… Lo que el alma es en el cuerpo son los cristianos en el mundo: el alma reside en el cuerpo, y no es del cuerpo; y los cristianos residen en el mundo, pero no son del mundo. ¿Me preguntáis de dónde viene su religión? Os lo diré: ni es una invención terrestre, ni a ellos se les han confiado misterios humanos; el Dios Todopoderoso, Creador e Invisible, que desde los cielos ha enviado a los hombres la verdad, el Logos santo e incomprensible, lo ha fija do en su corazón, no por medio de un ángel, de un príncipe o de otra criatura, sino viniendo Él mismo, el Creador y el Arquitecto de todo lo que existe (…) No creáis, como pudiera alguien suponer, que haya sido para tiranizar, ni para atemorizar. ¡De ningún modo! Vino lleno de dulzura y humildad… Vino para salvar y persuadir. No podía haberlo hecho con violencia; Dios no quiere violentar. Vino para amar y no para juzgar. Sin embargo, un día se presentará como juez y, entonces, ¿quién podrá soportar su venida?
Y, finalmente, ¿queréis saber por qué razón el Hijo de Dios ha venido tarde al mundo? He aquí mi respuesta: hasta la época en que el Señor se decidió a enviar a su Hijo, dejónos libres de vivir según nuestro capricho y de ser arrastrados por nuestras pasiones fuera del camino recto. ¡No es que se regocijara en nuestros pecados! Sino que creaba un espíritu de justicia, para que nos sintiéramos indignos de vivir y para que solamente entonces la clemencia de Dios nos hiciera dignos de ella».
El autor termina este punto alabando grandemente a Dios por el don inefable de su Hijo:
«Ha dado a su Hijo para nuestro rescate; dio al Santo para los malos, al Inocente para los culpables, al Justo para los injustos… ¿Con qué, si no, hubiera podido cubrir nuestros pecados, que no fuese con su justicia? ¿Por quién hubiéramos podido ser justificados, nosotros pecadores e impíos, sino sólo por el Hijo de Dios? ¡Dulce transformación! ¡Obra insondable! ¡Beneficio inesperado! Que desaparezca la injusticia de muchos con la justicia de Uno y que la justicia de Éste cubra la injusticia de muchos...».
1. Eusebio, Historia Eclesiástica III, cap. XVIII.
Neander también estudia la fecha del destierro de Juan en Historia del establecimiento y de la dirección apostólica de la Iglesia cristiana.
2. Vespasiano tenía la misma preocupación (véase Eusebio IV, cap. XII).
3. Hegesipo, Memorias del tiempo de los apóstoles (fragmentos) (cf. Eusebio III, cap. XX). 4. Neander, General Church History I, pp. 133 y 134.
5. Ludwing Hertling, Historia de la Iglesia, p. 66, Herder, Barcelona, 1979, 6.ª ed.
6. L. Hertling, op. cit., p. 67.
7. L. Hertling, op. cit., p. 68.
8. Tertuliano, Apología contra los gentiles, VII.
9. «Ya pues que en todo nos tratáis distintamente que a los demás criminales; ya que únicamente os empeñáis en que dejemos el nombre cristiano –y somos de él excluidos si hacemos lo que hacen los no cristianos–, podéis entender que no se trata aquí de un crimen, sino de un nombre, nombre perseguido por una labor de odio que no tiene sino un fin: que no quieran los hombres saber como cierto lo que saben de cierto que desconocen» (Tertuliano, Segunda apología II, 18).
10. L. Hertling, op. cit., p. 70.
11. José Montserrat Torrents, El desafío cristiano, las razones del perseguidor, p. 44. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1992.
12. François Heim, en 2000 años de cristianismo, p. 126, Sedmay, Barcelona, 1979.
13. Tertuliano, De praescr., p. 29.
14. L. Hertling, op. cit., p. 88.
15. Clemente de Alejandría, ¿Qué rico podrá salvarse?
16. Jerónimo, Comentarios a la Epístola a los Gálatas, cap. VI.
17. Véase 2.ª Corintios 11:13; Judas 4.
18. Véase Apocalipsis 2:6.
19. Cooper, Free Church, p. 128.
20. J. Milner, Church History I, p. 107 (Londres, 1847).
21. J. L. Mosheim, Historia Eclesiástica (Londres, 1841).
22. De este personaje sólo el nombre se conoce.
23. Clemente, Epístola a los corintios, cap. VII, XXXII, XXXIII, XXXVIII. 24. No ha sido aún posible señalar la fecha de esta carta. Hefele la supone escrita en tiempo de Trajano (del año 98 al 117); y Schaff, en los primeros años del siglo II. También, el Dict. Christ. Biog. la sitúa antes de la coronación de Cómodo (año 80). Se considera apócrifo el párrafo del cap. XI, donde el autor dice ser «discípulo inmediato de los apóstoles».