“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mt 28, 19-20)
Este mandato de Jesús de Nazaret tras su muerte trajo no pocos problemas a la primera comunidad cristiana. Pronto surgirán varias tendencias en lo que respecta a cómo vivir la nueva religión que chocarán entre sí en alguna ocasión pero que, irremediablemente, supuso una revolución que provocará la persecución exhaustiva del Imperio Romano.
En este artículo daremos unas breves pinceladas sobre esa primera comunidad cristiana, y varios momentos de persecución que provocaron serias sacudidas en la iglesia primitiva. Tanto es así que tuvieron que enfrentarse a temas como la apostasía y a cómo volver a aceptar a las personas que habían renegado de su religión y que estaban arrepentidos.
El pueblo judaico esperaba el cumplimiento de las profecías que desde antiguo le anunciaban el nacimiento del Mesías; los gentiles o paganos advertían la ineficacia de sus filosofías, doliéndose de la vanidad de sus ídolos, y suspiraban por algo mejor y que más satisficiera a sus aspiraciones religiosas, cuando en Belén nació el Cristo en medio de acontecimientos- extraordinarios que llamaron la atención aun entre las gentes más sencillas; a la media noche, unos pastores se vieron rodeados de un resplandor celestial y oyeron la voz del ángel que les decía:
«No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor (...) Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lc. 2: 10 y 11, 13 y 14).
Así, pues, en el tiempo señalado por el Padre, vino a la tierra el Salvador, esparciendo la bendita y gloriosa luz del Evangelio. Sin embargo, cuando apareció el Mesías, el Deseado de las naciones, los principales judíos le rechazaron porque no se veía en Él ni resplandor, ni poder, según el mundo. No prometía libertarlos del ominoso yugo de los romanos, ni restablecer el reinado de Israel. Por esta razón, los suyos a quienes visitó no quisieron recibirle1 y, permaneciendo insensibles a sus milagros y sordos a sus Palabras de vida, rehusaron aceptarlo como jefe. A grandes voces pidieron al gobernador romano que le crucificara, y Pilato satisfizo su deseo crucificando al Salvador, a quien Dios resucitó libertándole de los lazos de la muerte, porque no era posible ser detenido en ella2, en cumplimiento de la hermosa profecía de David:
«Subiste a lo alto, llevaste multitud de cautivos, recibiste dones para distribuir entre los hombres, y aun entre los rebeldes, para que Tú morases entre ellos» (Sal. 68:18).
Roma dominaba en la mayor parte de la tierra conocida y, a excepción de los judíos, todos los pueblos profesaban el paganismo. Maravillosas esculturas, cinceladas por Fidias, Praxíteles y otros inmortales artistas, ocupaban lugares preferentes en aquellos magníficos templos levantados a las falsas divinidades.
El judaísmo disponía al mismo tiempo, en gran número de ciudades, de celebrados monumentos religiosos, de imponentes sinagogas, en las que las riquezas artísticas del estilo arquitectónico rivalizaban con las valentías de la construcción. Siempre se lograba autorización para esta blecer una sinagoga donde se reunían diez personas solicitando su apertura –según se cree, sólo en Jerusalén había 480–; en Alejandría, Roma, Babilonia, en el Asia Menor, en Grecia, en Italia, en una palabra, en todas las ciudades de relativa importancia, existían centros de reunión destinados a la celebración del culto y a la discusión de los asuntos de la comunidad3. El Evangelio ofrecía con su doctrina el logro de sus aspiraciones a los gentiles y la realización de sus esperanzas a los judíos, respondiendo a las necesidades de unos y otros.
Los judíos de Jerusalén fueron los primeros que oyeron la predicación de la libre y completa redención por Cristo, y en el día del Pentecostés «el número de los discípulos aumentó cerca de tres mil»; mientras que, poco más tarde, formaban la Iglesia «unos cinco mil hombres». El autor del libro de los Hechos de los apóstoles observa que «la Palabra de Dios crecía en Jerusalén, multiplicándose extraordinariamente el número de los creyentes, y una gran compañía de los sacerdotes obedecía a la fe» (Hch. 6:7).
Cuando más tarde el Evangelio fue predicado por toda la Judea, el apóstol Pedro, por medio de una visión divina, recibió la orden de acompañar a unos hombres enviados por Cornelio para anunciar al centurión romano y a toda su familia la buena nueva de la salvación, por lo cual los gentiles pudieron gozar de los mismos privilegios que los judíos4; cumpliéndose así las palabras del Salvador a Pedro, cuando dijo:
«...te daré las llaves del Reino de los cielos» (Mt. 16:19). De las cuales Pedro sirvió para abrir el Reino a los gentiles, quienes fueron hechos herederos de Dios y, de «alejados» que estaban, fueron acercados a Él por la sangre de Cristo (véase Ef. 2:13). Así se formó un pueblo nuevo, la Iglesia del Señor, compuesto por judíos y gentiles en un mismo pie de igualdad, y con una conciencia muy clara de su novedosa radicalidad. La palabra «iglesia», del griego secular ekklesia, adoptada por los primeros cristianos para nombrar sus reuniones, ha llegado a ser un término denso y ambiguo por su uso. En las lenguas germánicas, alemán Kirche, inglés church, holandés kerk, etc., procede del griego popular bizantino kyriké, que significa «casa o familia del Señor» (no viene de «curia» como pensaba Lutero, por lo que quería sustituirla por el término «comunidad»). En las lenguas románicas, español iglesia, francés église, italiano chiesa, incluido el galés eglwys, se ha mantenido la dependencia directa de la palabra griega usada en el Nuevo Testamento, ekklesia, que designa la sesión actual de una asamblea del pueblo libre. Pero lo decisivo del concepto ekklesia, como escriben Ángel Calvo y Alberto Ruiz, no es su etimología griega, sino el ser la traducción del hebreo kahal (asamblea convocada), palabra que viene esencialmente determinada al añadirle «del Señor». Así, no constituye Iglesia el hecho de que algunos se reúnan en libertad, sino el grupo que lo hace teniendo al Dios de Jesús como convocante y centro de la reunión. De este modo, este término profano se convierte en una noción religiosa que luego se entendería en sentido escatológico. Cuando la primitiva comunidad se denomina a sí misma Iglesia, se está calificando como el nuevo y verdadero pueblo de Dios. Si no se adoptó el nombre de Sinagoga, fue seguramente para indicar su libertad respecto a la ley de Moisés y la no necesidad de un número mínimo de componentes»5.
Aquella iglesia era «la columna y el apoyo de la verdad» (1 Ti. 3:15); era además el reinado de Dios sobre la tierra, una iglesia espiritual y no sencillamente una iglesia de gentes que hacían profesión de cristianos. En otras palabras, era la familia y la casa de Dios en el mundo, unida a su familia en el cielo; la sola Iglesia verdaderamente universal.
Todos aquellos que hayan recibido el bautismo espiritual pertenecen a la verdadera Iglesia, sea cual sea la denominación a la que pertenezcan. En cambio, todos aquellos que no han recibido este bautismo están alejados de la Iglesia, separados del cuerpo cristiano, sea cual fuere el «nombre» que se den y la religión que pretendan profesar.
Un año apenas había cumplido desde la ascensión de nuestro Señor, cuando sus discípulos empezaron a ser perseguidos en Jerusalén. Esteban fue el primero que padeció el martirio de manos de los judíos incrédulos, en presencia de Saulo, quien «consintió en ello y guardó los vestidos de los que le mataban» (Hch. 22:20). Pero al perseguidor le pareció «dura cosa dar coces contra el aguijón» (Hch. 26:14) y, transformado por la gracia divina, llegó a ser Pablo, el gran apóstol de los gentiles, poderoso en obras y en palabras.
Diez años más tarde, bajo el reinado de Herodes Agripa, Santiago, el hermano de Juan, fue degollado. Sin embargo, nos dice Lucas que «la Palabra de Dios se esparcía y el número de los discípulos aumentaba» (Hch. 12:24).
Así, los apóstoles y evangelistas recorrieron el mundo conocido, proclamando la buena noticia. Antiguas tradiciones nos cuentan que Juan estuvo en el Asia Menor; Tomás, en la Partia, al norte de Media. Andrés evangelizó a los escitas, pueblo bárbaro situado al norte del Mar Caspio; Bartolomé estuvo en la India6 y Marcos fundó la Iglesia de Alejandría7. En definitiva, fueron a predicar por todas partes, y «el Señor obraba en ellos, confirmando la Palabra con los milagros que la acompañaban» (Mr. 16:20).
Como el Maestro había hablado con autoridad, del mismo modo hablaban ellos8. Por todas partes donde iban, las gentes pasaban «de las tinieblas a la luz» (Hch. 26:18), «despojándose del hombre viejo y de sus obras, para vestirse del hombre nuevo; renovándose por el conocimiento y según la Imagen del que los creó» (Col. 3: 9 y 10).
Y es que en medio de la corrupción del mundo romano, de sus proyectos de nuevas conquistas y de engrandecimiento, se estaba desarrollando una sociedad completamente diferente... Tal levadura, que comenzaba a fermentar sin que nadie se apercibiera, producía en todas partes nuevas instituciones, nuevas esperanzas y una vida nueva y mejor, según la gloriosa visión del poeta, «en las ciudades nacían congregaciones que el mundo desconocía, y el cielo se inclinaba para contemplarlas».
Citemos como ejemplo la iglesia de Corinto, que desde el año 58 se reunía en la casa de Justo, o en alguna otra.9
«La barrera que separaba a los judíos de los gentiles durante dos mil años desapareció, de lo cual podemos fácilmente convencernos, viendo a unos y a otros entrar por la misma puerta, darse el beso fraternal, sentarse en la misma mesa, partir juntos el pan y servirse del mismo plato, reunidos y formando un solo cuerpo y una sola alma. Allí se encontraban el jefe de la sinagoga, el tesorero de la ciudad, que es un griego, y fieles pertenecientes a diversas clases sociales e incluso nacionalidades».10
Hasta la mujer dignificada era recibida con el honor debido;11 el esclavo encontraba allí su refugio y era considerado como un hermano en el Señor12. Juntos, ocupábanse de las grandes verdades que el mundo ni siquiera sospechaba, discutiendo y preparando «atrevidos proyectos de conquistas espirituales»13 ; y juntos invocan el Nombre de su Señor presente, aunque invisible, y la bendición del Padre Celestial en favor de una causa que les era muy querida.
A los que hemos nacido en naciones cristianas no nos resulta fácil darnos cuenta del estado de tinieblas del paganismo del cual habían salido los primeros cristianos. No es ciertamente que el reino de la oscuridad haya terminado, sino que la bendita luz del Evangelio obliga a las manifestaciones odiosas del mal a refugiarse en los lugares más sombríos... Cipriano escribió a Donato, diciéndole:
«Imagínate que te hallas en la cima de una montaña inaccesible y que desde allí miras el mundo que se agita a tus pies, ¿qué verás? En la tierra, a los bandidos infestando los caminos; en el mar, a los piratas, quienes son más de temer que las tempestades. Por doquiera, el furor de los combates, las guerras dividiendo a los pueblos y la sangre humana corriendo a raudales. Se castiga con la muerte el asesinato de un hombre hecho por otro y se considera una acción grande y generosa cuando se reúnen varios para este crimen; entonces, queda impune, no por ser más legítimo, sino por ser más bárbaro.
Fíjate en las ciudades y verás cuán ruidosa agitación, más deplorable que el silencio del desierto. A los feroces juegos del anfiteatro se va sólo para saciar una sangrienta curiosidad con espectáculos de sangre; el atleta, durante mucho tiempo, ha sido nutrido con sustanciosos alimentos, engordándole para el día de su muerte. ¡Imagínate el asesinato de un hombre por dar gusto al pueblo! El asesinato convertido en ciencia, en estudio, en costumbre... No sólo se comete un crimen, sino que es preciso establecer una escuela para él; matar a un hombre se considera como una gloriosa profesión. Los padres ven a sus hijos en la plaza; mientras el hermano lucha, la hermana le mira y, lo que parece increíble, la propia madre no se detiene ante el costoso precio de la entrada de tales espectáculos para presenciar las últimas convulsiones de su propio hijo, sin sospechar siquiera que estas diversiones bárbaras y funestas les convierten en parricidas.
Si te fijas en los dramas que se representan en el teatro, verás el parricidio y el incesto más monstruoso reproducidos con tal realidad, que se creería se teme que en el porvenir se olviden las desastrosas costumbres del pasado. A su vez, en la comedia se manifiestan las infamias cometidas en la oscuridad, como si se quisiera enseñar las que pueden cometerse. Viendo representar en directo un adulterio, se aprende a practicarlo. Hay mujeres que van al teatro por el estímulo dado al vicio y, si ha entrado honrada, es muy probable que al salir haya dejado de serlo. El actor preferido del público es el más afeminado. A menudo se representan las criminales intrigas de la impúdica Venus, el adulterio de Marte, a Júpiter, el primero de los dioses, tanto por sus desórdenes como por su imperio. Y por respeto a sus dioses, procuran imitarlos, con lo cual el crimen resulta un acto religioso.
Si del elevado sitio donde te he colocado pudieras trasladarte al interior de los hogares, ¡cuántas impurezas, cuántos delitos oscuros ante los cuales la mirada del hombre honrado tiene que alejarse para no hacerse cómplice de tamaños crímenes, permitidos y practicados por aquellos que los censuran en los demás!
¿Te imaginas hallar menos desórdenes en el santuario de la Justicia? Fíjate bien y descubrirás cosas que te producirán indignación y desprecio. Por más que alaben nuestro sabio código conocido como Las leyes de las doce tablas, que ha previsto todos los crímenes y afirmado todos los derechos, el santuario de las leyes y el templo de la justicia son guaridas de criminales que violentan sin pudor la ley. Júntense los intereses como en un campo de batalla, las pasiones se desarrollan con furor... El cuchillo, el verdugo, los garfios de hierro que desgarran la carne, el potro que descoyunta, el fuego que devora; todo está preparado y pocas veces en apoyo de la ley. En estas circunstancias, ¿en quién hay que buscar ayuda? ¿En el abogado que no se preocupa más que del engaño y de la impostura? ¿Te fiaras del juez que se ofrece al mejor postor? Aquí uno inventa un testamento, otro jura en falso. Allá hay hijos a los cuales se les quita la herencia que les legaron sus padres; o gentes extrañas reemplazan a los herederos legítimos. En medio de tantos crímenes, ser inocente es considerado un crimen.
Tal vez suponga alguien que señalamos lo peor. Veamos de cerca lo que este mundo, en su ignorancia, rodea de consideración. ¡Cuánta maldad se esconde debajo de un brillante barniz! Observa a aquel que se cree un ser superior, porque lleva un brillante traje de oro y púrpura... ¡Por qué vergonzosas humillaciones ha debido someterse para llegar a tanta esplendidez! Ha debido arrastrarse a los pies de sus protectores, cumplir todos sus caprichos, devorar todos sus desdenes para llegar a recibir el incienso de ese vil rebaño de aduladores, cuyos homenajes dirigen, no al hombre, sino al puesto que ocupa. Si el viento favorable cambia y el hombre adulado cae en desgracia, verás cómo todos le abandonan a su suerte para que lamente su soledad.
A estos que llamas ricos, míralos de cerca, y verás cómo aumentan su hacienda, apropiándose de los bienes del pobre, que añaden a los suyos, acumulando oro sin cesar y, en medio de sus riquezas, los verás inquietos y temblorosos, temiendo que les quiten su tesoro. Tan desgraciados son, que ni descansan ni duermen tranquilos. El oro es quien los posee y no ellos los que poseen la riqueza: es como una cadena que les tiene atados. No les habléis ni de dadivosidad, ni de limosnas; no saben lo que es dar algo a los pobres. Y, cosa extraña, dan su nombre y sus bienes a lo que sólo les aprovecha para el mal»14.
Tal sombría descripción no es otra cosa que el desarrollo que hizo el apóstol Pablo en su epístola a los romanos y que confirman los paganos mismos15.
«El mundo –dijo Séneca– está lleno de vicios y de crímenes; tanto, que no es posible preveer el remedio. Se rivaliza en maldad, la injuria aumenta, mientras disminuye el pudor, el vicio se manifiesta por todas partes, pisoteando hasta lo más sagrado. Nadie disimula sus vicios. La maldad se presenta tan desvergonzada y de tal manera enardece los corazones, que la inocencia no sólo es cosa rara, sino que no se la encuentra por ningún lado»16.
Mientras Séneca afirmaba tales monstruosidades, es probable que el apóstol Pedro anunciara el Evangelio al pagano Cornelio y le indicará el mejor remedio contra el mal y el pecado17.
El manantial de todos estos males era la idolatría, ya fuera la clásica, que imperaba en Roma o en Grecia, la que con sus sangrientos ritos imperaba en Fenicia, como la de Egipto con su adoración a los reptiles. Ni la supuesta belleza que pueda hallarse en las fábulas del Olimpo, ni el atractivo prestado al arte y a la poesía por la mitología griega podían sostener el paganismo que estaba, como no podía menos, completamente corrompido.
«Es absolutamente imposible –escribió Cooper– describir detalladamente la horrorosa corrupción del antiguo mundo pagano. La podredumbre de su sepulcro guardará sus horribles misterios. Se comprende que una religión que contaba con tales divinidades contuviera todos los gérmenes de muerte moral, ya que el menos escandaloso de sus templos podía tolerarse apenas dentro de las ciudades. No existe ni uno solo de los odiosos vicios por los cuales fueron aniquilados los cananitas, y destruidas por el fuego las ciudades de Sodoma y de Gomorra, que no manche las descripciones que de Grecia y de Roma, de emperadores, de hombres de Estado, de poetas y de filósofos, nos han sido hechas»18.
1. Véase Juan 1:11.
2. Véase Hechos 2:24.
3. A. P. Stanley, Lectures on the History of the Jewish Church, 3 vols., cap. III, pp. 463–465 (Londres, 1863–1876).
4. Véase Hechos 10.
5. Ángel Calvo Cortés y Alberto Ruiz Díaz, Para leer una eclesiología elemental, p. 12, ed. Verbo Divino, Estella, 1990, 3.ª ed.
6. Probablemente en el Yemen de Arabia; otra tradición dice que Tomás fue a la India.
7. J. K. L. Gieseler, A Compendium of Ecclesiastical History, 5 vols., I, p. 95 (Londres, 1846–1855).
8. Véase Lucas 4:32.
9. Véase Hechos 18:7.
10. Véase Hechos 18:8; Romanos 16:21–23.
11. La presencia de las mujeres en las asambleas cristianas es algo digno de notar, ya que en aquel tiempo no era seguro que, en sus casas, las mujeres comieran en la misma mesa que los hombres.
La mujer, como el niño, era considerada como un ser menor. Las mujeres pobres divorciadas se veían reducidas a la prostitución. Los niños eran despreciados. El padre podía rechazar al recién nacido, que entonces era expuesto o entregado a la muerte. Los niños expuestos y recogidos eran educados y vendidos como esclavos. La educación se caracterizaba por su brutalidad, de lo que se queja amargamente Agustín en su Confesiones, a la vez que propone métodos más dulces y racionales de enseñanza.
«¡Cuántas miserias y humillaciones pasé, Dios mío, en aquella edad en la que se me proponía como única manera de ser bueno sujetarme a mis preceptores! Se pretendía con ello que yo floreciera en este mundo por la excelencia de las artes del decir con que se consigue la estimación de los hombres y se está al servicio de falsas riquezas. Para esto fui enviado a la escuela, para aprender las letras, cuya utilidad, pobre de mí, ignoraba yo entonces; y, sin embargo, me golpeaban cuando me veían perezoso. Porque muchos que vivieron antes que nosotros nos prepararon estos duros caminos por los que nos forzaban a caminar, pobres hijos de Adán, con mucho trabajo y dolor» (Confesiones I, p. 7).
En De chatechizandis rubidus, Agustín indica que sólo el amor puede guiar al maestro a llamar la luz divina interior que hay en sus alumnos, de modo que, en una comunión de obra y de espíritu entre maestro y alumno, contemple el uno el alma del otro:
«Los que escuchan deben como hablar dentro de nosotros; y dentro de ellos debemos aprender de algún modo las cosas que vamos enseñando».
El colegial debe, pues, convertirse en la regla de lo que el maestro enseña, en cuanto a los argumentos, el modo, las posibilidades de nivel y de capacidad mental (véase Aldo Agazzi, Historia de la filosofía y de la pedagogía, vol. I, Alcoy, 1980; James Bowen, Historia de la educación occidental, vol. I, Herder, Barcelona, 1985; Alfonso Capitán Díaz, Historia del pensamiento pedagógico en Europa, ed. Dykinson, Madrid, 1984).
12. Los esclavos componían aproximadamente la mitad de la población, y en algunas ciudades hasta dos tercios.
13. Cooper, Free Church of Christendom, p. 174.
14. A este cuadro tan oscuro le faltan aún las pinceladas más sombrías, como los suicidios, los odiosos tratamientos dados a los esclavos, los divorcios, los infanticidios. Tertuliano dice lo siguiente:
«A pesar de que la ley prohíbe que se mate a los recién nacidos, gracias a la complicidad de todos, ningún crimen queda con tanta facilidad impune como ese». Y añade: «Cuántos de nuestros magistrados, que tienen fama de íntegros y que usan de más rigor para con nosotros, podrían con verdaderas acusaciones ser confundidos, toda vez que aquellos magistrados daban muerte a sus hijos al nacer» (Cf. Apol., cap. IX; véase también Aux Nations I, cap. XV). Juvenal, en su Sátira VI, dice que las señoras romanas contaban más los divorcios que los años de matrimonio (ed. Gredos, Madrid). De la esclavitud se hablará en el cap. XVI de la PRIMERA PARTE.
15. Véase Romanos 1:18–32.
16. Séneca, De ira II, cap. VIII.
17. Según Pío IX (1846–78) La Santa Sede Romana, fue fundada por Pedro, pero ante las evidencias históricas en contra, ya «ni siquiera sabemos quién fue el primero en introducir el cristianismo» (Hertling, op. cit., p. 27). Autores católicos como Otto Karrer consideran que la estancia de Pedro en Roma no es necesaria teológicamente (Sucesión apostólica y primado, p. 64, Herder, Barcelona, 1967).
18. Cooper, Free Church, p. 31.
No pasó mucho tiempo sin que la naciente Iglesia tropezará con dificultades y sintiera la división en su seno. Se comprende que los judíos convertidos en Jerusalén practicaran la ley de Moisés1 y que quisieran imponer aquel yugo a los hermanos salidos del paganismo2. Es verdad que fueron vanos sus esfuerzos, pero no es menos cierto que por aquella tendencia padecieron algunas iglesias; ejemplo de ello fueron los gálatas, que tardaron en comprender que ya no eran esclavos, sino hijos de Dios; que ya no eran niños, que la ley sólo había sido su conductor y que los ritos y ceremonias judaicas habían sido completamente abolidos por Jesucristo. El apóstol Pablo, afligido al ver cuánta importancia daban los gálatas a la práctica de los ritos externos, les dijo:
«Ya que habéis conocido a Dios, o más bien, habéis sido conocidos por Dios, ¿cómo tornáis a aquellos débiles y desvirtuados rudimentos, a los que deseáis sujetaros todavía? Guardáis días y meses, y tiempos y años. Me temo respecto a vosotros que haya trabajado en vano» (Gá. 4:9–11).
En otro lugar, les preguntó:
«¿Tan simples sois, que habiendo comenzado en el Espíritu, ahora os perfeccionáis en la carne?» (Gá. 3:3).
Por orden de Nerón, tuvo lugar en el año 64 la primera persecución contra los cristianos de Roma. Aquel emperador acusaba a los cristianos de haber incendiado la ciudad. Por este medio, procuró arrojar sobre ellos las sospechas que el pueblo tenía contra Nerón. Los habitantes de la capital no habían podido aún formarse una idea exacta del verdadero carácter de los cristianos. Los confundían con los judíos y, tanto ignorantes como sabios, sólo sentían por ellos desprecio y odio.
Tácito, que contó aquella persecución, explicó de los cristianos que eran «una clase de hombres odiados por sus abominaciones». Como es el primer escritor que habla del cristianismo con cierta precisión, copiaremos su cita por entero:
«Para calmar los rumores, Nerón ofreció otros reos, e hizo padecer las torturas más crueles a unos hombres despreciados por sus abominaciones, a los que el vulgo llamaba cristianos, cuyo nombre les viene de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio fue entregado al suplicio por Poncio Pilato. Esta execrable superstición, si bien reprimida unas veces, reaparecía con fuerza, no sólo en Judea, donde tuvo su origen, sino en la misma Roma, donde hallan partidarios todas las infamias y horrores que en el mundo existen. Prendióse a los que revelaban su secta y por sus declaraciones prendiéronse a muchísimos, que si bien no se les probó su participación en el incendio, fueron castigados por su odio al género humano. Se hizo una diversión de su suplicio: cubiertos unos con pieles de fieras, eran devorados por los perros; otros morían sobre una cruz. Otros, finalmente, eran impregnados con materias inflamables y, entrada la noche, se les incendiaba y servían de antorchas. Para este espectáculo, Nerón prestaba sus jardines, al par que ofrecía juegos en el circo, donde se mezclaba con el pueblo vestido de cochero y guiando un carro. Aunque aquellos hombres (los cristianos) fuesen culpables y me - recieran ser castigados con severidad, despertaban compasión al pensar que no se les inmolaba al bien público, sino a la crueldad de un hombre»3.
El circo de Nerón estaba al lado de sus jardines. La actual catedral de San Pedro ocupa totalmente aquel espacio y en el centro de la plaza, que es donde estaba la puerta del circo, se admira el famoso obelisco de granito, traído de Heliópolis por Calígula.
Varios escritores paganos hablan de la camisa abrasadora, tortura a la que se sometía a los cristianos, que consistía, como el nombre indica, en una camisa impregnada, según Séneca, con materias combustibles4. En un pasaje algo oscuro de Juvenal se habla de «aquellos desgraciados que, atados a un poste, eran quemados hasta fundirse, dejando un reguero ardiente en medio de la arena»5.
La Iglesia, que nos ha legado tan pocas tradiciones auténticas de aquella época primitiva concerniente a los viajes y muerte de los apóstoles, nada nos cuenta de los sufrimientos de sus hijos en aquella cruenta persecución. Si el nombre de aquellos mártires es desconocido entre los hombres, el recuerdo de su fe, de su paciencia, de los tormentos que padecieron en su cuerpo y en su alma, quedan escritos en el cielo.
Con alternativas diversas, prolongóse la persecución hasta el fin del reinado de Nerón. Cuenta la tradición que, por el año 67, Pablo y Pedro fueron ajusticiados en Roma: al primero le fue cortada la cabeza, mientras que el segundo fue crucificado. En lo que concierne a Pablo, no hay motivo para creerla infundada; en cuanto a Pedro, la duda existe. Más resulta cierto que ambos padecieron el martirio. Así, Clemente de Roma escribía:
«Pedro, después de haber pasado por muchos trabajos, sufrió finalmente el martirio… Pablo, después de haber enseñado la justicia al mundo entero, hasta llegar al extremo occidental, padeció el martirio por orden de los prefectos»6.
El canónigo Farrar, al hablar de Pedro, dice que la tradición cristiana, que aparece más explícita cuanto más distantes son los hechos a los que se refiere, ha conservado varios detalles que constituyen la biografía del apóstol tal como la acepta la Iglesia romana… Lo único que puede conocerse de preciso, en cuanto al término de su vida, es que probablemente sufrió el martirio en Roma7.
En cuanto a la profecía de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén, sin duda que iba a cumplirse8: la ciudad sería cercada por un numeroso ejército; Tito avanzaba con sus legiones, y los judeocristianos, acordándose de las recomendaciones que les habían sido hechas, abandonaron en gran número la ciudad, atravesaron el Jordán y fueron a refugiarse a Pella y a las ciudades de sus cercanías9.
Josefo escribió que Jerusalén fue sitiada encontrándose reunidos en ella multitud de judíos, que de todas partes habían venido a la santa ciudad para celebrar la Pascua. Tal aglomeración de gente fue motivo para que se desarrollara una terrible peste, acompañada del hambre que pronto se hizo sentir; lo cual aumentó los honores del sitio, siendo uno de los asedios más terribles que presenciaron los tiempos. Según Josefo, murieron un millón cien mil personas y noventa y siete mil supervivientes fueron hechos prisioneros. De éstos, se escogió a los jóvenes de buena presencia para que participaran en la entrada triunfal del vencedor en Roma. Otros fueron distribuidos por las provincias del imperio y destinados a las diversiones de los circos; y los que tenían menos de diecisiete años fueron vendidos como esclavos. El resto trabajó en las minas de Egipto10.
Para honrar a Tito y a Vespasiano, padre de Tito, el cual había empezado la guerra, el Senado acordó recibir en triunfo al general victorioso, preparándole un recibimiento extraordinario y excepcional. Josefo, testigo presencial de aquella guerra, parece olvidar en las descripciones que nos dejó que se realizaba a expensas y para iluminación de su patria...
«Por doquiera –dice– brillaban el oro, la plata y el marfil. Véanse tiendas de púrpura, bordadas y con muchas piedras preciosas: había muchos animales raros. Romanos, vestidos con trajes preciosos, llevaban en andas estatuas colosales de sus dioses, tras de las cuales venía un largo séquito de cautivos. Seguían magníficos trofeos representando batallas y otras escenas de la guerra; véanse ciudades incendiadas, llanuras desoladas, enemigos ensangrentados pidiendo misericordia, ríos atravesando regiones asoladas por el hierro y por el fuego... Lo que llamaba más la atención eran los despojos del templo de Jerusalén: el arca de oro, el candelero de siete brazos y el libro de la Ley. Vespasiano, Tito y Domiciano terminaban aquel glorioso cortejo. Detuviéronse antes de subir del Foro al Capitolio, hasta que les dieron aviso del ajusticiamiento del general en jefe del ejército enemigo, Simón Bar–Gioras. Aquel desgraciado había sido separado del cortejo, encerrado en un horrible calabozo de la cárcel Mamertina y sacado de allí para morir.
Tan pronto se les anunció la muerte de su intrépido enemigo, continuaron su marcha triunfal, subieron al templo de Júpiter Capitolino para ofrecer al dios, además de sus oraciones, el sacrificio de bueyes de extraordinaria blancura y colocar sus coronas de oro sobre sus rodillas».
El arco levantado en honor de Tito recuerda aquel memorable triunfo. En él se ven esculpidos el arca de oro, el candelabro de siete lámparas y las bocinas de plata. Estos objetos y otros que Tito pudo librar del incendio fueron depositados en el magnífico templo que Vespasiano hizo levantar a la diosa Paz. El libro de la Ley y las telas de púrpura que se encontraron en el santuario fueron llevados al palacio imperial.
La destrucción de Jerusalén, que interrumpía las ceremonias del culto judaico, no pudo debilitar, empero, la fe de los judíos, quienes creían que era perpetua obligación observar las prescripciones de la Ley. La mayor parte de los judeocristianos vivían según la misma creencia. Después de que terminó la guerra, éstos salieron de Pella y de Perea y se establecieron entre las ruinas de la ciudad. La Iglesia permaneció allí hasta el reinado de Adriano (año 136), distinguiéndose de las iglesias paganocristianas por la observancia de las prescripciones mosaicas11.
Así, los numerosos judíos que permanecieron en Decápolis constituyeron una Iglesia diferente que existió hasta el siglo V. No debe causarnos gran sorpresa la tenacidad con la que estos hebreos, sinceramente cristianos, conservaron las ceremonias del culto de sus padres. Pero no olvidemos tampoco la perniciosa influencia que el ritualismo judaico ejerció sobre toda la Iglesia, amortiguando demasiado pronto su resplandor, hasta ponerla en grave riesgo, e infundiéndole las ideas y prácticas del paganismo.
1. Véase Hechos 21:20.
2. Véase Hechos 15.
3. Tácito, Anales XV, cap. XLIV (ed. Gredos, Madrid).
4. Séneca, Epístolas morales, cap. XIV (ed. Gredos, Madrid).
5. Juvenal, Sat. I, pp. 155–157.
6. Clemente, Ep., cap. V.
7. F. W. Farrar, The Early Days of Christianity, cap. I, pp. 113, 119 (véase también Excursus, cap. II; Neander, Planting of the Christian Church, cap. I, pp. 377, 383, donde se examina ampliamente el tema debatido).
8. Véase Lucas 21: 20, 31
9. Eusebio, H. E., III, cap. V.
Pella era la más importante de las diez ciudades de Perea o Decápolis. Se cree que las ruinas de unas murallas llamadas Tubukat Fahil, que dominan el valle del Jordán a unos 50 o 60 millas al noreste de Jerusalén, coinciden con la situación geográfica de Pella.
10. Josefo, Guerra de los judíos VI, cap. IX y las notas de Whiston.
Whiston cree que en Jerusalén había tres millones de judíos reunidos en aquellas fechas de la Pascua, fundándose en el número de corderos sacrificados en la Pascua que, según Josefo, ascen dían a 256.500, teniendo en cuenta que para cada cordero se reunían a lo menos diez personas y no más de veinte.
11. Neander, General Church History, 6 vols. (Londres, 1826–1852)
Los rarísimos documentos que fueron escritos desde los Hechos de los apóstoles hasta finales del siglo I despiertan la atención de los pensadores: todos los hechos verídicos concernientes a aquella época, esparcidos en antiguos documentos, ayudan a describir lo que pudiera calificarse como el carácter de la Iglesia, siendo de advertir que el acontecimiento más importante de aquel período, la persecución de Nerón, ha llegado a nuestro conocimiento por medio de autores paganos1.
En los primeros años del siglo II, continuó la escasez de relaciones, y también es de un autor pagano la única descripción que ha llegado hasta nosotros de las ceremonias cristianas. Es verdad que es breve, pero para encontrar algo más detallado, hay que llegar hasta Justino Mártir.
Durante el reinado de Trajano (quien sucedió a Nerva en el año 98), el gobierno empezó a fijarse en los cristianos, los cuales se negaban a tomar parte en las prácticas del culto dado a los falsos dioses y a los emperadores. En presencia de un delito tan nuevo como imprevisto, los gobernadores de las provincias se encontraron perplejos, como le ocurrió a Plinio el Joven, nombrado en 103 procónsul de Bitinia y de Ponto2. Al cabo de algunos años, llamóle la atención el que muchas personas fueran citadas a su tribunal, por el delito de profesar el cristianismo. No sabiendo cómo proceder en presencia de tales acusados y sin que ninguna pena les fuera aplicada, su perplejidad aumentó, viendo el número considerable de personas acusadas. Resolvió, pues, consultar al emperador, pidiéndole instrucciones.
«Multitud de gentes de todas las edades, órdenes y sexos –decía Plinio– son y serán cada día acusadas. Este mal contagioso ha infectado las ciudades y se propaga por las aldeas y los campos».
Así, los templos quedaron casi desiertos, las víctimas eran descuidadas y no había quien las comprara.
Plinio, más justo que su amigo Tácito, no quiso formarse juicio por indicaciones vagas y por opiniones preconcebidas; sino que se tomó la molestia de informarse con exactitud de lo que eran los cristianos. Preguntaba sobre el cristianismo a cuántos acusados decían haber pertenecido a esta secta. Hasta siguió los crueles errores de la justicia romana, haciendo torturar a dos esclavas, para que confesaran si eran diaconisas (ministræ)3. Y del testimonio de todos, resultaba que «las faltas o errores de los cristianos consistían en lo siguiente: en cierto día indicado, reuníanse antes de la salida del sol; cantaban, uno después de otro, himnos en loor a Cristo, como a un dios. Por juramento, se comprometían a no realizar ningún robo o pillaje, a no negar ningún depósito, después de lo cual tenían la costumbre de separarse, para reunirse luego, con el objeto de comer manjares comunes e inocentes».
Por lo demás, leamos, por su propia boca, cuál fue el procedimiento de Plinio para con tales acusados:
«Les pregunto si son cristianos; si contestan afirmativamente, reitero la pregunta por segunda y por tercera vez, amenazándoles con el suplicio. A los que persisten, les condenó a muerte, pues sean cuales fueren sus declaraciones, he pensado que es necesario castigarlos por su irreflexible obstinación». Y añade:
«Muchos de ellos, en mi presencia, han invocado a los dioses y han ofrecido incienso y vino a vuestra imagen (la del emperador), que yo hice traer expresamente con las de nuestras divinidades, logrando de algunos que maldijeran al Cristo (lo que aseguran no puede hacer nunca ningún verdadero cristiano)»4.
En su respuesta, el emperador aprobó la conducta de Plinio. Esto es, no había necesidad de hacer investigaciones contra ellos; a los acusados y convictos se los castigaba. Y si el acusado negaba ser cristiano y lo probaba con su conducta, invocando a los dioses, era perdonado.
La carta de Plinio al emperador muestra que muchos de los que habían creído en el Evangelio en tiempo de paz y de prosperidad no resistieron mucho tiempo la persecución y aceptaron las condiciones que se les impusieron. Las severas órdenes que se dieron demostraron el efecto producido; los templos del paganismo se vieron concurridos, los sacrificios se repetían y las víctimas se vendían con facilidad.
Pero no fue solamente en Bitinia y en el Ponto donde la persecución tuvo lugar. El anciano Simeón, uno de los hermanos del Señor y obispo de Jerusalén, padeció el martirio; tenía entonces ciento veinte años. Éste fue denunciando como hombre peligroso a Attico, gobernador de Siria, por ser descendiente de David, y padeció cruelmente en la tortura varias veces. Los que presenciaron sus padecimientos se maravillaron de su entereza. Al final fue crucificado5.
El emperador no tardó en tropezar con los cristianos. Poco después de su correspondencia con Plinio, llegó a Antioquía, capital de Siria, una de las ciudades más grandes de su imperio. Los fieles eran numerosos en aquella ciudad; allí se les dio por primera vez el nombre de cristianos. Estaba de obispo el anciano Ignacio, discípulo de Juan. El emperador, orgulloso de sus recientes victorias, consideraba su triunfo incompleto mientras los cristianos rehusaron servir a los dioses, amenazandolos con la muerte si se negaban a ello. El venerable obispo, esperando alejar la tempestad que amenazaba a su rebaño, solicitó ser presentado al emperador. Obtenida la audiencia, díjole el soberano:
«– ¿Quién eres tú que, como si fueras un demonio, te complaces en desobedecer nuestras órdenes y persuades a otros para que hagan otro tanto?
A cuya pregunta, respondió el anciano:
– A Teóforo (el que lleva a Dios consigo) no debe llamársele demonio. Los demonios huyen de los siervos de Dios. Pero si me llamas demonio porque soy enemigo de los demonios, merezco este nombre, porque destruyó sus maquinaciones, por Jesucristo que mora en los cielos, que es mi rey.
Preguntóle entonces Trajano:
– ¿Y quién es este Teóforo?
– Aquel que lleva a Jesucristo en su corazón.
– ¿Crees tú que no llevamos en nuestra alma a los dioses, que nos ayudan a combatir contra nuestros enemigos?
– Es un engaño llamar dioses a los demonios que adoran las naciones. No hay más que un Dios, que ha creado los cielos y la tierra, con todo lo que en ellos hay, y un Jesucristo, su Hijo único, cuyo Reino me ha sido abierto.
– ¿Te refieres, acaso, a aquel Jesús que fue crucificado por orden de Poncio Pilato?
– Sí, me refiero a Aquel que crucificó mis pecados y que condena la malicia del demonio, al que ha puesto debajo de los pies de los que llevan el Nombre de Jesús en su corazón.
– ¿Llevas tú, en ti mismo, a Jesucristo el Crucificado? – Sí; porque está escrito: Habitaré en ellos y andaré en medio de ellos (2 Co. 6:16)».
Concluido el interrogatorio, Trajano dictó la sentencia siguiente: «Ordenamos que Ignacio, que afirma llevar consigo al Crucificado, sea preso y conducido a la gran ciudad de Roma, para que sirva de espectáculo al pueblo y de alimento a las fieras».
Ignacio, al oír tal sentencia, exclamó:
«– ¡Te doy gracias, Señor, porque has querido honrarme de un perfecto amor hacia Ti y por permitir que, como tu apóstol Pablo, sea yo atado con férreas cadenas!».
Acompañado por diez soldados, Ignacio fue llevado a Seleucia y, de allí, embarcado hacia Esmirna. En esa ciudad le fue permitido visitar al obispo de aquella congregación, Policarpo, quien también había sido discípulo de Juan. Recibió igualmente a los obispos, ancianos y diáconos que vinieron a saludarle y a recibir su bendición. De Esmirna, siguiendo la costa, fue conducido a Troas, después a Neápolis, atravesando Macedonia a pie. Llegado a la orilla del mar Adriático, un buque lo condujo a Roma.
Cuando los hermanos se apercibieron de su llegada a aquella ciudad, se alegraron de verle, al par que se afligían, pensando que un hombre que les merecía tanta veneración, hubiese sido condenado al suplicio. Ignacio arrodillóse en medio de ellos y dirigió una ferviente oración al Hijo de Dios, pidiéndole hiciera cesar la persecución y que no relajara el lazo de la caridad que unía a los hermanos.
Tocaban a su término los juegos en el anfiteatro de Flavio, por lo cual se apresuraron a conducirle allá. Aquel gran edificio, hoy tan conocido como el Coliseo, podía contener a unos ochenta mil espectadores. Un gentío inmenso llenaba el circo cuando el jefe venerable de los cristianos de Asia fue presentado para servir de diversión al pueblo. En presencia de aquella aglomeración de hombres y de mujeres, de senadores y de esclavos que ocupaban las gradas, sufrió el martirio por el que suspiraba su alma ardiente. Las fieras fueron su tumba. Pero en cambio, ¡qué contraste tan maravilloso! En la tierra, la plaza manchada de sangre, la ferocidad de las fieras, la multitud de espectadores anhelantes en presencia de tal espectáculo.
Los escasos restos que de Ignacio pudieron hallarse fueron piadosamente recogidos y envueltos en tela de lino para ser enviados a Antioquía, donde fueron enterrados honrosamente6.
Durante su viaje a Roma, Ignacio escribió varias epístolas a algunas iglesias y también una a Policarpo7.
Así, en su epístola a los romanos, manifiesta el deseo ardiente que siente por el martirio:
«Nada podéis darme que me sea tan precioso como el ofrecer mi vida a Dios, mientras que el altar esté preparado. Para gozar de la vida en el Señor, es conveniente que sea arrebatado del mundo. Rogad por mí, para que logre fuerza suficiente para resistir a los enemigos de dentro y de fuera; para que tenga, al par que la palabra, la voluntad, para que no sea solo cristiano de nombre, sino que lo sea en realidad. Dejad que sea presa de las fieras, para que por ellas pueda ser digno de Dios. Sea yo molido por los dientes de las fieras para pasar a ser pan puro de Cristo. Agasajad las fieras que me devorarán para que sean mi sepultura y no dejen nada de mi cuerpo, y que yo no sea carga a nadie cuando duerma el último sueño. Cuando haya desaparecido mi cuerpo, entonces seré un verdadero discípulo de Cristo (…) Desde Siria hasta Roma, en la tierra y en el mar, de noche y de día, lucho contra las fieras, porque estoy rodeado por diez leopardos. Son los soldados que me vigilan y que, cuanto más me esfuerzo en hacerles algún bien, más crueles son conmigo (…) El objeto de mi amor ha sido crucificado y en mí no hay estímulo para otro amor. Deseo el pan de Dios, que es la carne de Cristo; deseo la sangre de Cristo como bebida, porque es el amor incorruptible»8.
Leamos algunas citas de sus epístolas a Policarpo:
«Nada hay tan precioso como la unidad; procura mantenerla. Como el Señor te aguantó, sufre tú a todos los hombres; persevera en la caridad que manifiestas a todos. Ora sin cesar. Pide a Dios que aumente tu conocimiento de las cosas santas. Vela como si tu espíritu no desfalleciera nunca. A cada uno, háblale según la voluntad de Dios (…) Si sólo amares a los discípulos fieles, no estás en la gracia; esfuérzate con dulzura en atraer a los peores. No se curan con el mismo remedio todas las heridas. Por tu bondad suaviza los dolores (…) Como Dios nos soporta, debemos sufrirlo todo por amor suyo (…) Procura distinguir los tiempos. Mira al que está sobre ellos: al Invisible que se ha hecho visible por nosotros; al Impasible, que por nosotros ha soportado y padecido de todas las maneras (…) Celebra frecuentemente las asambleas, a las cuales debes convocar a todos en particular. No menosprecies ni a los esclavos, ni a las criadas; que no se dejen llevar por el orgullo tampoco ellos, sino que procuren servir con más fidelidad, para la gloriosa libertad de los hijos de Dios»9.
Y a los efesios, les escribió lo siguiente:
«Vosotros sois piedras vivas preparadas para el templo de Dios, nuestro Padre; la Cruz de Cristo es el medio por el cual habéis sido levantados. La cuerda es el Espíritu Santo; la polea es vuestra fe, y la caridad el camino que conduce a Dios (…) Rogad a Dios sin cesar en favor de todos los hombres, puesto que tenemos esperanza de que se arrepientan y sean hijos de Dios. Sobre todo, que vuestras obras les sirvan de enseñanza. Contra su cólera, sed apacibles, y ante su orgullo, sed humildes; a sus blasfemias, oponed vuestras oraciones, y a su errores, la firmeza de vuestra fe»10.
1. Tertuliano, Apología; Eusebio, Hist. Eclesiástica II, cap. XXXV; Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores, cap. II.
Todos ellos hacen mención de la persecución de Nerón, sin indicar la distancia que les separa de ella.
2. El carácter de Plinio, el Joven, honra la época en que vivió. A su llegada, en vez de dar espectáculos en el Circo, creó un fondo equivalente a unas 100.000 pesetas (unos 558 dólares) para ayudar a la educación de los jóvenes beneméritos, e invitó a sus propios amigos a que siguieran su ejemplo. En esto, imitaba al emperador Trajano, que fue el primero que fundó institutos benéficos. Es Plinio el Joven el primer escritor que en dos cartas a Tácito describe la más antigua erupción histórica del Vesubio (año 79). Su tío, Plinio el Anciano, naturalista, habiéndose acercado demasiado al cráter, fue ahogado por las emanaciones (véase Plinio, Cartas de Plinio I, p. 8; VII, p. 18; VI, pp. 16, 20).
3. Las diaconisas eran mujeres generalmente solteras o viudas que se dedicaban al cuidado de los enfermos pobres. La Iglesia evangélica ha restablecido con éxito aquella institución y la Iglesia romana formó las Hermanas de la Caridad.
4. Plinio, Cartas de Plinio X, pp. 97 y 98.
5. Eusebio, H. E.,III, cap. XXXII.
6. Martirio de Ignacio, en Lo mejor de los Padres Apostólicos (CLIE, Terrassa, 2003). Se ha discutido mucho sobre la fecha de la muerte de Ignacio; algunos suponen que ocurrió en el año 107, y otros, en el año 115 o 116.
7. Llevan el nombre de Ignacio quince epístolas, de las cuales ocho se consideran apócrifas. De las siete restantes, a las cuales hace mención Eusebio, existen dos revisiones griegas, una más extensa que la otra; en ambas se pretende inculcar una veneración exagerada y casi idolátrica por el episcopado. Ha habido discusiones y controversias sobre la autenticidad de ambas revisiones. La mayoría de los críticos defienden la más corta, si bien no faltan personas que creen que aun ésta contiene añadiduras. Cooper, dando por sentado que Tertuliano es el primer escritor en cuyas obras se encuentran huellas de la teoría sacerdotal y que estas epístolas, aunque notablemente saturadas de elementos preláticos, están completamente exentas de aquel, deduce que las ediciones espúreas fueron hechas después de Tertuliano y que toda la serie pertenece al tiempo del papa Víctor (192–201). Añade también que el movimiento en cuestión, que se inició con Víctor, era a la vez jerárquico y antijudaico.
Hace más de medio siglo, el arcediano protestante y erudito en temas cópticos, Henry Tattan, trajo de un monasterio situado en el desierto de Nitria, en el Bajo Egipto, una porción de manuscritos antiguos en lengua siríaca, entre los cuales había una traducción de tres epístolas de Ignacio. El doctor Cureton, que las publicó, las considera como las únicas epístolas que merecen ser consideradas auténticas; son cortas y no se manifiesta en ellas esa tendencia a la jerarquía episcopal de la cual hemos hablado. De éstas, sacamos las citas que aducimos. Todas las epístolas, precedidas de una introducción, han sido publicadas en Lo mejor de los Padres Apostólicos (CLIE, Terrassa, 2003).
8. Epístola a Policarpo, en Los Padres Apostólicos (CLIE, Terrassa).
Algunos Padres no aprobaban esta sed de martirio. Clemente de Alejandría, por ejemplo, escribió: «La voluntad de Dios no es que seamos los autores ni la causa de que sea hecho ningún daño a nadie, ni a nosotros mismos, ni a nuestros perseguidores. Sino que nos ordena vigilar por nosotros mismos, y sería temeridad loca desobedecerla. Aquel que, en vez de evitar la persecución, la provoca es cómplice del crimen de su perseguidor; aquel que excita y provoca a las fieras es ciertamente culpable» (Stromata IV, cap. X).
9. Epístola a Policarpo, en Los Padres Apostólicos.
10. Ídem, cap. IX y X.
Después de publicada la segunda edición inglesa de esta obra, el obispo Lightfoot dio a luz su Ensayo sobre Ignacio (2 vols., Londres, 1885). Es éste un estudio completo recibido por los estudiosos como la última palabra de la controversia sobre algunos pasajes de las epístolas de Ignacio. Dicho obispo se pronunció sin vacilar contra la versión siríaca del Dr. Cureton y a favor de una interpretación más amplia. Pero no se contenta sólo con esto, sino que afirma que cuanto poseemos sobre la historia de Ignacio, sobre su encuentro con Trajano, los tormentos a los que fue sometido por orden del emperador (no narrados por su historia), los detalles de su martirio en Roma, todos son apócrifos y no pueden haber sido escritos antes del siglo V. Lo único que se sabe con certeza de su martirio es lo que nos dice Eusebio en las siguientes líneas:
«La tradición afirma que Ignacio fue llevado de Siria a Roma; que allí fue arrojado a las fieras, por haber dado testimonio de Cristo, y que, al ser conducido por Asia bajo la más rigurosa custodia, él fortalecía a las iglesias que hallaba a su paso con sus discursos y exhortaciones, previniendolas particularmente contra las herejías que ya entonces comenzaban a prevalecer. Les exhortaba también calurosamente a que permanecieran fieles a las tradiciones de los apóstoles y, para mayor seguridad, se lo daba por escrito» (Eusebio, Hist. Ecl., cap. III).
A Trajano le sucedió Adriano (117)1, un amante del paganismo, por cuya causa, las órdenes dadas contra los cristianos tuvieron un efecto desastroso. Si durante el imperio de Trajano no era lícita la profesión de cristiano, su sucesor la condenó, dando nuevo impulso al odio religioso ya tan potente, de cuyas resultas se originaron tumultos y matanzas en muchas ciudades. Para colmo de desdichas, los gobernadores de las provincias no impedían las violencias ni los desórdenes, ya fuera para complacer al emperador, ya por adquirir popularidad, o porque tal vez participan de las preocupaciones del vulgo. Tales sucesos no duraron, sin embargo, mucho tiempo, debido a que, al paso del emperador por Grecia, dos sabios cristianos de Atenas, Cuadrado y Arístides, le presentaron brillantes apologías, o también probablemente por las observaciones del procónsul de Asia Menor, quien se lamentó enérgicamente de los desórdenes promovidos por el populacho. Entonces, Adriano publicó un edicto imperial, amenazando con severos castigos a los que tomaran parte en aquellas manifestaciones ilegales y tumultuosas2. Entre los fragmentos que nos ha legado la antigüedad, de la Apología de Cuadrado, se encuentra la refutación de la tendencia de algunos que atribuían a la magia los milagros de Jesucristo.
«Los enfermos curados –dice Eusebio– y los muertos resucitados por Jesucristo manifiestan que estos prodigios no fueron aparentes ni pasajeros, puesto que permanecieron sanos y vigorosos mucho tiempo después de la muerte y de la resurrección de su Médico, y algunos han vivido hasta nuestros días»3.
Hasta hace algún tiempo, se suponía que la Apología de Arístides estaba perdida irremediablemente. Pero, hace poco, el profesor J. Rendel Harris descubrió en el Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí un escrito siríaco, que fue traducido y publicado por él mismo. El Doctor Tomás Hodgkin afirmó de aquel escrito que, si bien como apología es de poca importancia, como muestra de la decadencia de la Iglesia en el siglo II tiene un gran valor:
«En ella podemos ver cómo la esencia del cristianismo fue transformándose paulatinamente, por la acción de la controversia contra los antagonistas paganos… El cristianismo, que fue primitivamente una revelación al pueblo semita, pasó gradualmente a ser la filosofía griega»4.
En esta Apología ocupan un lugar importante la modestia, la caridad y las acciones de gracias a Dios:
«Los cristianos no se sirven de testigos falsos, no niegan el depósito que se les ha confiado, ni envidian los bienes ajenos. Honran a sus padres, hacen bien a sus conciudadanos y, cuando emiten algún juicio, lo hacen con rectitud. Sus esposas son castas y sus hijas, modestas. A sus siervos y a los hijos de éstos les persuaden a que se conviertan al cristianismo por el amor que les tienen, y cuando lo han efectuado, les dan el nombre de hermanos. Cuidan de los huérfanos y sufragan los gastos de entierro de los pobres y, si alguno de ellos está preso o abatido, por causa de su fe, subviene a sus necesidades y hacen todo lo posible para conseguir su libertad. Cuando algún pobre de entre ellos no pudiere ser suficientemente socorrido a causa de la pobreza de los fieles, éstos ayunan dos o tres días, con el objeto de socorrer con mayor eficacia (…) Los cristianos manifiestan a todas horas su gratitud a Dios, dándole gracias cuando comen y beben».
Los judíos, animados por el odio más violento contra los romanos y de la firme esperanza en un libertador material, intentaron una rebelión a finales del reinado de Adriano. Ya quince años antes se habían sublevado en masa, aprovechándose de la ausencia y de las ocupaciones de Trajano con los Partos. Desde Asia hasta Mesopotamia, habían degollado a más de cinco mil paganos, satisfaciendo así su deseo de venganza, con actos execrables. Adriano, entonces general, había ahogado aquel movimiento con inconcebible crueldad. Al año siguiente, Adriano fue nombrado emperador, y uno de sus primeros cuidados fue el de aplastar para siempre aquella nación revoltosa. Con este objeto, prohibió la circuncisión, la observancia del sábado y la lectura de la Ley, amenazando con convertir a Jerusalén en colonia romana.
Durante algunos años, los judíos soportaron aquella tiranía, pero con la confianza de que pronto aparecería el Mesías esperado. En el año 131, creyeron realizada esta esperanza: un judío llamado Bar–Cochebas presentóse como el libertador anunciado. Según la profecía de Balaam (Nm. 24:17), dióse el título de Hijo de la Estrella, y fue protegido por el rabino más instruido y más popular de su tiempo. Siguiéronle los judíos no cristianos, los galileos y los samaritanos, convirtiendo Palestina en un teatro de violencia y de matanzas.
Poniendo en práctica la táctica de guerra de guerrillas, los judíos pudieron resistir a las legiones romanas, tomadas por sorpresa, aunque el costo para la población indefensa fue elevadísimo. El general Sexto Julio Severo, legado de Adriano, destruyó pueblos enteros y ejecutó a todos los jefes de la insurrección. El historiador romano Dion Casio estima en casi un millar el número de aldeas destruidas y en más de medio millón los judíos sacrificados5.
Jerusalén fue arrasada una vez más hasta sus cimientos. La represión fue feroz e implacable; las tropas romanas impusieron la política de terror, matando y esclavizando a los prisioneros. De sus ruinas surgió una nueva ciudad colonial llamada Elia Capitolina, en honor del emperador, Elio Adriano, en la que se vedó la presencia de judíos, bajo la pena de muerte. Sobre la puerta meridional el gobernador Tineo Rufo mandó colocar la figura de una cabeza de cerdo. Junto con los judíos, también los cristianos de origen judío fueron excluidos de Jerusalén, convertida ahora en la gentil Elia Capitolina, repoblada con soldados veteranos de origen romano, esclavos manumitidos, griegos y fenicios de Siria. En el lugar del antiguo templo se alzó el santuario de Júpiter Capitolino. No podía haber mayor desgracia para el pueblo hebreo. Su esfuerzo heroico no había valido para nada, sino todo lo contrario, agravó en mucho su situación y marcó su destino histórico para siempre. En la guerra había perdido al rabino Akiba, cerebro ideológico de la rebelión, apresado y muerto por la Legio X Fratensis, conocido por ser el primero en haber ordenado de forma sistemática el material de la Misnah, conjunto de normas, decisiones, comentarios e interpretaciones de los doctores de la ley.
Ni siquiera el nombre de la provincia debía recordar al pueblo expulsado; en lugar de Judea fue llamada en adelante Siria–Palestina, controlada por un legado consular. La guarnición romana fue ampliada con otra legión. De esta manera dos legiones permanentes iban a controlar y mantener segura la zona y evitar nuevas revueltas o conatos de rebelión. En el norte del país pudieron sobrevivir los judíos huidos de Judea, y en la ciudad de Tiberíades se formó un nuevo centro espiritual con la sede del sumo sacerdote. Fue entonces cuando los judeocristianos abolieron la costumbre de la circuncisión, que marca la ruptura definitiva con su pasado judío. Jerusalén dejó de ser capital espiritual de judíos y cristianos. Éstos se propagaron a partir de Antioquía, Efeso, Alejandría, Roma y Constantinopla.
Los resultados de tan terrible insurrección fueron probablemente favorables a la Iglesia. Los cristianos, tanto judíos, como griegos, ha - bíanse negado desde el principio a juntarse con los rebeldes. Y esta actitud les había acarreado terribles persecuciones por parte de los partidarios de Bar–Cochebas. No obstante, consiguieron que fuera de todos sabido que la causa de los judíos era completamente distinta a la de los cristianos.
Por todas estas razones, la Iglesia gentil cristiana sacudió la pesada autoridad de los judeocristianos, cuyos ancianos, obispos o pastores, que desde Santiago se habían seguido sin interrupción, fueron sustituidos por dirigentes cristianos procedentes del mundo pagano. Además, las leyes de Adriano obligaron a muchos judeocristianos a dejar las costumbres mosaicas. Aquellos que, a pesar de todo, quisieron permanecer fieles a sus tradiciones, atravesaron el Jordán y fueron a unirse con la Iglesia de Pella. Esta fusión dio origen a dos sectas: los nazarenos y los ebionitas. Primeramente, la palabra «nazareno» era empleada en señal de desprecio y usada por los judíos al tratarse de los cristianos. Más tarde, sólo se la empleó para señalar a los cristianos judaizantes. Los ebionitas (pobres) injertaron al dogma cristiano varias especulaciones filosóficas; se les puede considerar como gnósticos judíos y al mismo tiempo destacaban por la austeridad de su vida6.
Probablemente fue por esta época cuando empezaron a ser reunidos en un tomo los Evangelios, las Epístolas y otros escritos inspirados por los apóstoles.
«Hasta entonces –escribió Gieseler–, las cartas de los apóstoles habían sido leídas siempre en las asambleas de las iglesias a las cuales habían sido dirigidas y en las congregaciones cercanas. No existía ninguna colección de los escritos evangélicos que tuviera plena aceptación. Las compilaciones conocidas eran usadas solamente en las regiones donde se hallaban, y solían leerse en privado. Cuando las relaciones entre unas y otras iglesias se hicieron más íntimas, por el interés común en presencia de nacientes herejías, comunicábanse entre ellas los escritos auténticos de los apóstoles. Así empezó a formarse el Canon desde la primera mitad del segundo siglo, a pesar de que en algunas asambleas se leían otros escritos que eran casi tan apreciados como los apostólicos»7.
Así Dios, en su sabiduría infinita, permitió que el Nuevo Testamento, tesoro inestimable y regla eterna de fe y de vida en la Iglesia, se formara como lo había sido anteriormente el Canon sagrado de los judíos.
A Adriano le siguieron los dos Antoninos, y cobró nuevo aliento la filosofía. Antonio el Piadoso (138–161) fundó varias cátedras en las ciudades principales del imperio.8 Algunos han supuesto que aquella innovación propendía a inutilizar el cristianismo, pero lo cierto es que Antonio era un príncipe tan humano y filántropo que no permitió que se considerara fuera de la ley a una parte de sus súbditos. Y cuando, después de repetidas calamidades, el populacho griego empezó a vejar a los cristianos, promulgó varias órdenes para poner coto a tales violencias9.
Marco Aurelio (161–180), yerno de Antonio el Piadoso, desplegó aún más celo que su suegro por mantener el antiguo culto. Los cristianos fueron tratados tan rigurosamente en el Asia Menor, que Melitón, obispo de Sardis, presentándose al emperador, pudo decirle: «A consecuencia de los nuevos edictos, los adoradores de Dios padecen más persecución que antes. Hay delatores que, codiciosos de los bienes ajenos, no se avergüenzan en aprovecharse de los edictos para robar a sus víctimas, de noche como de día. Si tantos excesos son ordenados por vos, nos inclinamos; es más, iremos con gusto en busca de una muerte tan honrosa. Sin embargo, os pedimos una gracia, y es que os informéis personalmente de estas cuestiones y decidáis con imparcialidad si los cristianos merecen ser castigados, y aún muertos, o si, al contrario, son dignos de vuestra protección. Pero si tales edictos, que aún siendo aplicados a gentes bárbaras serían intolerables, no han sido dictados por vos, os suplicamos encarecidamente que no nos abandonéis a tales pillajes»10.
El nombre de Marco Aurelio está unido a todo lo piadoso y noble en el paganismo clásico. Cierto que podría servir de ejemplo a muchos cristianos, por la costumbre que tenía de examinarse a sí mismo. Desgraciadamente, no comprendió o no quiso comprender el Evangelio que despreciaba, y su nombre figura entre los perseguidores de la nueva fe. En sus Pensamientos revela cuál era su opinión respecto a los cristianos:
«Cuándo la muerte llegue, el alma debe estar preparada para ser disuelta o estar unida al cuerpo durante algún tiempo. Esto debiera poder hacerse voluntariamente, sin la terquedad propia de los cristianos»11.
Dolorosos eran los tiempos que atravesaba entonces la Iglesia. Todos los poderes humanos se levantaban contra ella. El desagrado que manifestaba el emperador era poderosamente secundado por los filósofos. Luciano y Celso atacaban violentamente el cristianismo, haciéndose eco de las mayores calumnias inventadas por sus enemigos. El clero pagano comprendía, cada vez mejor, que las doctrinas de Jesús eran adversas al paganismo y aspiraba a la completa destrucción de la nueva doctrina para mantener su crédito, sus ganancias y el prestigio de sus ídolos. La vida de los cristianos ponía de relieve la depravación de las costumbres de los paganos, siendo ocasión de odios profundos que amontonaban, para los cristianos, continuas tormentas. Finalmente, como se les acusaba de ser los causantes de todas las calamidades que llovían sobre el imperio, eran a menudo víctimas de la furiosa cólera de sus convecinos12.
A los cristianos se les denunciaba como ateos y se les acusaba de comerse a los niños, de ser incestuosos y de tener costumbres desenfrenadas. Tales acusaciones, a pesar de su monstruosidad, se explicaban fácilmente. La acusación de ateísmo provenía probablemente de la sencillez del culto cristiano, que prescindía de ídolos. La acusación de comerse a los niños, probablemente, tenía por origen la comunión del pan y del vino, a la cual sólo participaban los cristianos, hablándose de ella como de la comunión del cuerpo y de la sangre del Señor. Finalmente, la acusación de inmoralidad procedía de la admisión en las asambleas de personas de ambos sexos en locales cerrados y del beso fraternal con el que empezaban las reuniones.
Sea cual fuere el origen de estas calumnias, se sabe que circularon por todas partes y que fue necesario que se sucedieran varias generaciones para que tales absurdos desaparecieran completamente.
1. «Este príncipe, en vez de hacer nuevas conquistas, se ocupó de la consolidación de su vasto imperio. Así desarrolló la civilización, el comercio y las artes. Visitó varias provincias, llegando hasta la Gran Bretaña, de cuyo viaje se conservan medallas conmemorativas en veinticinco regiones diferentes. Su curiosidad sería digna de nuestros tiempos. Visitó la boca del volcán Etna, quiso ver salir el sol desde el monte Casius, remontó el Nilo hasta las cataratas, oyó a la estatua de Memnon, de la cual, según Strabón, a la salida del sol, oíanse sonidos armoniosos. Trajo de Oriente muchas curiosidades. Se inició en los misterios de Eleusis en Atenas, y en Asia quiso conocer la magia y la astrología» (H. H. Milman, Hist. of Christianity, cap. II, pp. 104–106. Londres, 1840).
2. Neander, op. cit., cap. I, pp. 138–144 (Trad. ing.).
3. Eusebio, H. E., IV, cap. III.
4. Friend’s Quarterly Examiner, Junio de 1891 (véase también un artículo del Dr. Stokes en la Revista Contemporánea, julio de 1891)
5. H. H. Milman, Hist. of the Jews, 4.ª edición, cap. II, pp. 419–438 (Londres, 1829, 1.ª ed.).
6. Robertson, Historia de la Iglesia, 2.ª edición, cap. I, p. 21; Eusebio, H. E., IV, cap. V; Kurtz, Historia de la Iglesia; Neander, op. cit., cap. I, p. 475.
7. J. K. L., Gieseler, op. cit., p. 178. También se leía la epístola de Clemente de Roma y la de El Pastor de Hermas.
9. Neander, op. cit., cap. I, p. 143.
10. Eusebio, H. E., IV, cap. XXVI (véase también Neander, cap. I, p. 144). 11. Marco Aurelio, Pensamientos XI, p. 3.
12. J. K. L. Gieseler, I, p. 131, de la traducción inglesa (véase también Milman, op. cit., cap. II, pp. 131 y 134).