EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
La primera vez que aparece el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento fue en el rol de crear: “La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas” (Génesis 1:2). También fue incluida la creación de los Humanos: “El Espíritu de Dios me ha creado; me infunde vida el hálito del Todopoderoso.” (Job 33:4).
El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento fue involucrado únicamente en las vidas de hombres y mujeres, por lo que “competía” con hombres malos (Génesis 6:3).
Nehemías 9:20 revela el rol de enseñar del Espíritu: “Con tu buen Espíritu les diste entendimiento. No les quitaste tu maná de la boca; les diste agua para calmar su sed.”(ver también versículo 30). El espíritu Santo también enseña en Job 32:8 y en Salmos 143:10.
El Antiguo Testamento también revela que el Espíritu Santo fue una manifestación de la presencia de Dios. Cuando David confesó su pecado, le suplicó a Dios: “No me alejes de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu.” (Salmo 51:11). Otros pasajes también notan su rol (Salmos 139:7; Hageo 2:4-5).
El Espíritu Santo también fortaleció a gente en el Antiguo Testamento para poder lograr un programa divino. Las obras de Sansón fueron hechas cuando “el Espíritu del Señor vino con poder sobre él” (Jueces 14:6; ver también 15:4). Hay muchos más ejemplos, incluyendo el trabajo del Espíritu dentro de José (Génesis 31:8), Moisés y los 70 ancianos de Israel (Números 11:17), Gedeón (Jueces 6:34), David (1 Crónicas 28:12), y muchos más. Cuando el trabajo fue completado, el Espíritu Santo abandonaba la persona. Esto se compara con el rol del Espíritu Santo hoy en día en el que mora en el creyente y permanece con ello “para siempre” (Juan 14:16).
El último rol del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento es Su relación al Mesías. Isaías 42:1 profesó, “Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu, y llevará justicia a las naciones.” Mucho antes de la llegada de Jesucristo, los profetas hablaban del Mesías como Uno que tendría el Espíritu sobre Él. Cuando Jesús fue bautizado en el Rio Jordán, “y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma de paloma” claramente revelando que Jesús era el Mesías (Lucas 3:22).
«Entonces ellos se acordaron de lo que Dios había hecho en los tiempos pasados; se acordaron de cómo Moisés había liberado a su pueblo, y por eso se preguntaban: “¿Dónde está ahora el Dios que sacó del río Nilo a Moisés, el líder de los israelitas?” También se preguntaban: “¿Dónde está ahora el Dios que puso en Moisés su santo espíritu?» Is. 53:11
EN EL NUEVO TESTAMENTO
El Espíritu Santo hace posible experimentar la presencia y acción vivificante de Dios en el mundo
En Jesús se manifestó la plenitud del Espíritu Santo, dejando ver la irrupción del Reino de Dios entre los seres humanos1. Luego de la ascensión del Señor resucitado, Dios continua, por medio del Espíritu Santo la obra de salvación2 y prepara el corazón de las personas, aún antes de recibir la predicación del Evangelio3.
1Lucas 4:18-19; Mateo 12:28; Hechos 10:37-38; 2Juan 16:7-8;
3Hechos 11:12-14
Explícitamente Jesús afirmó la procedencia del Espíritu Santo: viene de Dios1. Es una realidad que se origina en Él y le pertenece2. El hecho de que el Espíritu Santo venga de Dios, revela la gran verdad de que Dios está profundamente comprometido con sus criaturas, y busca que éstas lo experimenten como cercano, presente, atento y dispuesto a habitar permanentemente en ellas3.
1Juan 15:26; 2Mateo 10:20; 3Juan 14:16-17
El Espíritu Santo viene de Dios como respuesta a la necesidad humana de salvación, de dirección, de redención y de restauración. Es la expresión amorosa de Dios que continúa dándose en una relación íntima, de padre a hijo1.
1Tito 3:4-7
El Espíritu Santo da vida nueva
El Espíritu Santo hace nacer al creyente a la vida nueva que viene de Dios y le sustenta en ella1. Esta vida nueva es un milagro de Dios que demanda del creyente su disposición a la influencia del Espíritu Santo; que se traduce en una vida activa, responsable y anhelante de su plenitud2.
1Juan 3:3-6; Romanos 8:2, 6, 10-11; Efesios 3:16; 2Romanos 8:23; Gálatas 5:16-25; 6:8; Efesios 5:17-20
El Espíritu Santo hace de los creyentes hijos de Dios
Dios toma como hijo a la persona que cree en Jesús1, y por el Espíritu Santo trasforma su corazón para que experimente a Dios como Padre2 y esté dispuesto a cumplir su voluntad como lo hizo Cristo3.
1Juan 1:12; 2Romanos 8:14-17; 3Romanos 8:29; 1 Juan 4:17
El Espíritu Santo une a los creyentes
en auténtica comunión
La transformación que realiza el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes, no sólo permite experimentar a Dios como Padre, sino a los creyentes como verdaderos hermanos1 y miembros de un mismo cuerpo2.
1Efesios 2:18-19; 4:1-6; 21 Corintios 12:13
El Espíritu Santo hace capaces a los creyentes para ser testigos de Jesús hasta lo último de la tierra
El poder y la autoridad necesaria para la misión redentora a las naciones, emana del Espíritu Santo a los creyentes1. De su fuerza reciben la capacidad para testificar, superando el miedo y las limitaciones que intentan frenarlos, y ellos se convierten en expresión viva de ese mensaje hasta la muerte misma2. Al acompañarlos confirma y completa la obra de los enviados por Jesús3. De él nace la compasión que deja ver y sentir la soledad, el dolor y la miseria que agobian la vida del ser humano4.
1Juan 20:21-23; Hechos 1:8; 2 Corintios 3:4-6; 22 Corintios 4:16-5:5; Filipenses 1:27-30; Hechos 21:13; 3Mateo 10:19-20; Romanos 15:19; 4Lucas 4:18
El fruto del Espíritu Santo es el amor
Por el Espíritu Santo, Dios y su Hijo actúan en el corazón de cada creyente, dándole el amor genuino como fruto y tarea, para apreciarlo es necesario ver en paralelo Gálatas 5:22-23 y 1 Corintios 13:4-8; pues las características del amor en Corintios se corresponden y son enlistadas en Gálatas. La apertura al Espíritu Santo en la persona y en la comunidad, se manifiesta en el amor sincero que inspira la obediencia, el servicio y la preocupación por el bienestar de unos por otros1, incluye el ejercicio de los dones que el mismo Espíritu reparte a cada uno2. El amor hace que el surgimiento, la búsqueda y el uso de los dones, sea para la edificación y el bien de los demás en el cuerpo de Cristo3 teniendo como meta la madurez y plenitud propias de Jesús4.
1Gálatas 5:13; Hebreos 10:24; 1 Juan 2:8-11; 4:7-9; 21 Corintios 14:1,12; Efesios 4: 7,11-13; 3Efesios 4:11-13; 4Colosenses 1:28-29