Ciertamente tenemos que conocer primeramente al Rey para poder vivir en el reino como parte integral y ser verdaderos súbditos.
Según el diccionario rey es el monarca o príncipe, soberano que gobierna un Estado; también el que sobresale entre los demás. Reino es el territorio sometido o sujeto a un rey. Súbdito es la persona que está sujeta a la autoridad de un superior y obligada a obedecerle. Me llama la atención cada una de estas definiciones a tal punto que pienso hasta donde captamos lo que es el Reino de Dios y el privilegio de ser parte de él como súbditos. ¿Estamos nosotros, la Iglesia, sometidos al Rey? ¿Entendemos que obedecerle no es una opción sino una obligación? Esa palabra nos suena fuerte pero es que cuando somos de Cristo, lo tenemos como Salvador, Proveedor, y Sanador, y es nuestro Señor, nuestro amo y Rey, no nos cuesta nada obedecerle, y la obligación se transforma en bendición. No se puede captar con los sentidos humanos sino con el espíritu que Dios ha depositado dentro de cada uno y que se activa cuando recibimos a Cristo y el Espíritu Santo comienza a trabajar en nuestra vida.
... De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. 3 Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; Rom. 13:1-7
.... Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; 1 P. 2:13-15
En realidad, obedecer una ley (o no) no es un asunto de subjetividad, sino un asunto de objetividad. En otras palabras, las únicas leyes de la tierra que los cristianos no están obligados a obedecer (independientemente de que le guste a alguien o no) son las leyes que definitivamente se oponen a la ley superior de Dios. “Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Esta fue la respuesta del apóstol al Sanedrín, cuando se le mandó que dejara de predicar y enseñar acerca de Jesucristo. Pagar impuestos, obedecer las leyes de tránsito y muchas otras leyes no están en conflicto con el Nuevo Testamento, y por ende, no tenemos fundamento para ignorarlas.
No obstante, hay diferencia significativa entre la perfección impecable y la obediencia. Incluso con las leyes de Dios, esto no se trata de perfección impecable, sino de obediencia. Si pudiéramos conducirnos en completa perfección, Jesucristo no hubiera tenido que venir a la Tierra para ofrecerse como sacrifico en la cruz del Calvario. En cambio, a pesar de nuestras imperfecciones, Jesucristo es el Autor de salvación para aquellos que le obedecen (Hebreos 5:9). Nuestra obediencia hace posible que Dios extienda Su gracia (Efesios 2:8) y misericordia (Tito 3:5) sobre nosotros
Jn. 14:23 Jn 14:15 Ga 6:2 1 Cor 9:21 Jn 13:15 Jn 15:14
Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Stgo. 1:22
cuando el numero de creyentes crece SE CONSTRUYEN TEMPLOS y con ello se observa y obedece el diezmo, y parte de los diezmos es para el sostenimiento de la obra y la otra parte es para que haya comida en el.
¿Por qué no aparece una orden explicita sobre los diezmos en el NT? Los escritores del NT eran judíos conocedores de la Torá, ellos no solían repetir enseñanzas claras, a menos que fuera para profundizarlas. En los evangelios, Cristo habló de la importancia de la fidelidad, en el contexto del diezmo: «…Debían haber practicado esto sin descuidar aquello» (Mt 23:23). Él habló en devolver lo que le pertenece a Dios: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22:21). También, Jesús le dio instrucción a sus discípulos sobre el principio del sustento evangélico: «… porque el trabajador merece que se le dé su sustento» (Mt 10:10). De hecho durante su ministerio terrenal, Jesús vivió del evangelio: «Estas mujeres ayudaban con dinero a Jesús y a sus discípulos» (Lc 9:3).
Algunos argumentan que los «diezmos» no son necesarios en la actualidad, porque estaban destinados al sacerdocio levita en el AT y citan Hebreos 7, ya que bajo el «nuevo pacto» el sacerdocio Aarónico caducó como expuso Pablo. Aunque esto es cierto en cuanto al sacerdocio levita, no lo es así con el diezmo. Esta práctica existía antes de que Dios la formalizara como requisito a Israel. Melquisedec recibió los diezmos del patriarca Abraham, y Pablo usó esta anécdota para hablar de la superioridad del sacerdocio de Melquisedec sobre el de Levi (He 7:1-10).
De modo que él diezmo como sostenimiento del evangelio aparece también de forma indirecta en el NT. Para esto, Pablo citó la Torá en su apología sobre los derechos de los que ministran el evangelio: «Porque en la ley de Moisés está escrito: ‘No le pongas bozal al buey mientras esté trillando’» (1 Co 9:9 cf. Dt 25:4).
Diezmos y Ofrendas Como respuesta a una serie de preguntas retóricas: «¿Qué soldado presta servicio militar pagándose sus propios gastos?». La conclusión es evidente: «Si hemos sembrado semilla espiritual entre ustedes, ¿será mucho pedir que cosechemos de ustedes lo material?» (1 Co 9:12). Dentro del texto, Pablo usó la palabra ἐξουσία (1Co 9:12), que ha sido traducida como «derecho», en realidad significa «autoridad». Los obreros tienen «autoridad» sobre lo que trabajan; sea una viña, las ovejas o las iglesias. Y esa «autoridad» también es sobre lo material. Aquí, Pablo no está hablando de otras ofrendas (viudas, huérfanos, pobres, etc), sino de una específica: para los que trabajan en el evangelio. En este sentido el apóstol Pablo extrajo el principio del AT: «¿No saben que los que sirven en el templo reciben su alimento del templo, y que los que atienden el altar participan de lo que se ofrece en el altar?» (1 Co 9:13). Las leyes levitas partiendo del principio del sustento, establecían cómo los sacerdotes debían trabajar y cuáles eran sus remuneraciones. Entre estos estaba el diezmo. El sustento de los obreros fue tomado por los apóstoles de un sistema que ellos ya conocían: el diezmo y la ofrenda. Como solución para enfrentar el crecimiento acelerado del cristianismo en las regiones romanas. En sus inicios, la iglesia primitiva carecía de una organización meticulosa. Cuando Jesús instituyó a la iglesia, esta comenzó con los 12 discípulos, ya al resucitar Cristo había 500 discípulos y discípulos (1Co 15:5). Ese crecimiento empujo a la iglesia primitiva para organizarse en otras formas para atender mejor a las congregaciones. Ya en Hechos 6 se formó la oficina de los diáconos, como respuesta a la necesidad de repartir con equidad «la mesa». Luego que los apóstoles establecieron congregaciones, surgió la necesidad de nombrar supervisores para ministrarlas, así como el sostenimiento de esos obreros.
En el siglo I no había templos construidas, los cristianos se reunían en «casas», por lo que no había la necesidad de destinar dinero para el mantenimiento de estructuras eclesiásticas –a diferencia de las iglesias actuales–. Las casas eran sostenidas por los dueños de las mismas. (Hch 16:40). Los cristianos no dudaron en adaptar modelos de gobierno y sustento económico del AT, para su misión evangélica. Por ejemplo, el presbiterio es una copia del consejo de Ancianos que Moisés instituyó en el Éxodo. Cuando se debió hacer frente a los judaizantes se decidió hacer un concilio en Jerusalén (Hch 15). Pero la figura de los concilios como medios instituidos para tratar problemas doctrinales, no fue instituida por Cristo. Son mecanismos que los cristianos reutilizaron. Page 2 Aunque es cierto que en los inicios los cristianos vendían sus propiedades (Hch 2:45), para apoyarse –en circunstancias excepcionales–, al expandirse el evangelio este método dejó de ser útil, se crearon entonces recursos para las viudas, los huérfanos, los misioneros y los pastores. De hecho encontramos que los cristianos tenían sus propiedades: «la casa de Lidia» (Hch 16:40), la iglesia reunida en la casa de Aquila y Priscila (1 Co 16:19); «la casa de Narciso» (Ro 16:11), la casa de Justo (Hch 18:7). Los cristianos aportaban de su trabajo a la iglesia, el ocio se condenó en los estatutos primitivos (2 Tes 3:6-14). El diezmo no salva,” no es obligatorio”, Diezmar es un acto de apoyo a la iglesia para su sostenimiento,Diezmar y ofrendar es un asunto de conciencia, y practicarlo es un asunto de fidelidad, es reconocer que Dios me provee de todo y yo debo compartir mi bendición con los pobres y aquellos que dan su vida para ministrarme. Nuestra iglesia cree en el diezmo, como obligación sintiéndonos parte , como una acción de gracia de lo que Dios nos da, si pertenezco a la obra, si soy realmente parte de la iglesia, me siento comprometido con su sustento, no tengamos temor en llamarlo diezmo porque no es pecado, no porque este en le ley no puedo practicarlo, si no quiere llamarlo diezmo no importa, lo importante es reconocer que doy de lo que Dios me a dado, que me siento parte participando con mi iglesia, desde la antigüedad se a tomado esta expresión para seguir un modelo de lo que doy, por un problema de avaricia que es idolatría, pero que sea Dios poniendo en nuestro corazón un espíritu dadivoso.
«Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.» 2 Cor 9:7