Jesús sacó a la religión del Templo, del ámbito de lo sagrado, y la vivió en medio de la gente, de forma que lo sagrado no fue, para Jesús, el Templo, con sus altares, sus ritos y sus funcionarios.
Lo sagrado, para Jesús, son los seres humanos, cada persona, sea quien sea, piense como piense, viva como viva. Por eso Jesús, que vivió una relación tan auténtica y tan limpia con el Padre del cielo, no consintió meter esa relación en el ámbito de lo sagrado, sino que la vivió en lo laico, en lo profano, entre las gentes a las que la religión excluye y rechaza.
Y mostró que el poder de Dios actúa así en el mundo. Y la presencia de Dios se realiza, no en la sacralidad, sino en la laicidad, en lo que es común a todos, sean o no sean creyentes, y tengan la religión que tengan. Pero, como no podía ser de otra manera, los representantes oficiales de la religión del Templo y de lo sagrado no soportaron semejante revolución. Por eso mataron a Jesús «fuera de la puerta» (Heb 13, 12). Es decir, crucificaron a Jesús fuera de la ciudad santa, del lugar sagrado, en el espacio profano, ya que aquello no fue para ellos un acto religioso, sino la expresión más total del rechazo que la religión hacía de aquel hombre al que veía como una amenaza.
Para la mentalidad religiosa de aquel tiempo, era impensable ejecutar en el lugar santo, y menos aún en el Templo, una condena a muerte dictada contra un subversivo peligroso, contra un individuo al que los sacerdotes habían declarado blasfemo.
p353. LA HUMANIZACIÓN DE DIOS
Jose M. castillo